La muerte de Chávez nos dejó en una posición crítica. Quizás más complicada de la que ya teníamos con el fallecido y muy ineficaz expresidente. Al dejarnos en manos de Nicolás Maduro, en doble condición de presidente encargado y candidato, quedamos en una condición de inestabilidad y conflictividad quizás nunca vista en Venezuela.

Como presidente encargado, la improvisación del gobierno de Nicolás Maduro ha sido evidente. Las notorias contradicciones en sus decisiones administrativas han llamado la atención, ya que estábamos acostumbrados a que Chávez mantenía sus resoluciones, así estuviesen equivocadas, como lo fueron la gran mayoría de ellas. Pero Maduro no ha mostrado la firmeza y seguridad de su antecesor. Sin ir muy lejos, lo vimos con las decisiones sobre las exequias del expresidente Chávez: “Lo enterramos, no  mejor no, lo embalsamamos, pero si, pero no, pero preguntemos a los rusos, pero lo enterramos embalsamado…”.

Estos cien días de gobierno de Maduro, que comenzó el 8 de diciembre de 2012 con la ausencia temporal de Chávez, nos trajo una devaluación de la moneda de casi el cincuenta por ciento. Sin ser economista, estoy seguro que se pudo haber evitado si se hubiese parado la regaladera de plata a otros países y se hubiese puesto mano dura a la corrupción. Este gobierno del presidente encargado ha tenido un repunte grotesco de la delincuencia. El desabastecimiento ha sido peor que nunca. No se consigue leche, aceite, pollo, harina pan, azúcar, mantequilla, papel de baño, café. De eso no han podido culpar al sector privado porque es evidente que la culpa es del gobierno de Maduro.

Nos dejaron a un presidente encargado que no es capaz de responsabilizarse de sus propias acciones. Cobardemente, Nicolás Maduro culpó de la toma de la decisión de la devaluación a Hugo Chávez, cuando este en verdad se encontraba moribundo, quizás sin conciencia de lo que sucedía a su alrededor. Este irresponsable Maduro prefirió echarle el muerto a Chávez antes de asumir que quien mandó a devaluar fue él.

Pero resulta que Chávez nos dejó también, a un Nicolás Maduro candidato -a la vez que presidente encargado-. Y esto ha transformado al humilde Nicolás en un verdadero déspota, en un peligroso representante de un fascismo puro y duro, a un tipo que es capaz de gritarle a su propia esposa en público que “cumpla órdenes”. Maduro como candidato se ha convertido en un verdadero monstruo. Manda a callar a personas en los mítines políticos, ofende a los homosexuales (aunque ya lo había hecho antes cuando llamaba a la oposición “mariconsones”) y se burla de los hombres que no tienen mujer. Un presidente-candidato que ratifica a un ministro de la Defensa que llama a la Fuerza Armada Nacional a atacar a la disidencia y a involucrarse en la campaña política. Un presidente-candidato que mantiene en el cargo a una jefa del Distrito Capital que le exige a la oposición que se vaya del país.

Nos dejaron a un candidato tremendamente inseguro pero con todo el poder del Estado, lo que lo hace absurdamente peligroso. Maduro ha saboreado las mieles del poder, y no querrá soltarlo, para lo que echará mano, como ya lo viene haciendo, de la mayor cantidad de abusos imaginables. Se ha escondido detrás de la hija del expresidente Chávez para atacar al candidato de la oposición democrática. Presenciamos que el uso de las cadenas de radio y televisión no solo se han incrementado -aunque parezca imposible- sino que su contenido es más proselitista que nunca. Estas cadenas con canciones de campaña electoral configuran un verdadero delito según la Ley Contra la Corrupción. Un Maduro inseguro como lo tenemos hoy día lo hace peligroso porque ha perdido todo pudor para utilizar los recursos del Estado para su beneficio absolutamente personal.

A esto nos enfrentamos. Nos tocan tiempos duros. Pero los venezolanos debemos ser del tamaño del compromiso y templar el alma y el espíritu para enfrentárnos a esto y lograr vencerlo con una votación masiva y contundente.

Manuel Rojas Pérez

Responsable Nacional de Capacitación y Doctrina de AD