Tengo la autoridad moral suficiente para hablar contra la capucha, porque pertenecí a una generación de dirigentes estudiantiles que jamás la usamos, que salíamos a protestar al descubierto porque no delinquíamos, sino luchábamos por nuestras reivindicaciones y por un cambio político en paz y dentro del ordenamiento jurídico que no avalamos, pero respetábamos, para algún día cambiarlo democráticamente. Siempre me opuse a la actividad de esos cobardes, porque usaban la capucha para apedrear transeúntes o a la policía, para luego quitársela y dejar que la represión la sufrieran los demás.

Me formé en una generación de dirigentes estudiantiles que nunca cayó en el chantaje de los radicales. Por el contrario, los enfrentamos con valor y derrotamos en toda la línea, pues no hubo elección que pudieran sabotear, aunque lo intentaban, pero jamás ganaron alguna. Quienes compartían mis puntos de vista, en la Universidad en la década de los 70, salimos invictos de todas las confrontaciones electorales que se realizaron en aquellos ya remotos años. Estoy convencido después de más de cuarenta años de esos sucesos, conocidos como de la “reforma o renovación” universitaria, que teníamos la  razón de nuestro lado, pues ganamos todas esas confrontaciones porque nos asistía la verdad y la supimos imponer.

Hoy día se repite la historia, más como tragedia, porque aquellos encapuchados de los años setenta no se enfrentan ya a la policía, pues son ellos quienes ahora la controlan y la llevan a reprimir con más saña que aquella de la cual fueron víctimas. De víctimas pasaron a la deshonrosa categoría de victimarios. Ahora, son los peores “sapos” que llegan al extremo de utilizar la otrora policía científica (PTJ y luego CICPC) para publicitar fotos de manifestantes, en un alarde de “sapeo” sin precedentes en la historia de la represión venezolana.

Aunque, a decir verdad, los peores sujetos de toda esa fauna de “encapuchados” de los años setenta, son los que ahora se encumbraron a la categoría de magistrados del tsj (minúsculas a posta, otra vez), pues cambiaron la capucha por la toga y el birrete. Y acaban de quitarse las togas, para volver a taparse con la capucha de la desvergüenza y la infamia, al producir las sentencias que rompieron el hilo constitucional e hizo añicos el ordenamiento jurídico venezolano. Se encapucharon para volver a delinquir.

Me imagino la escena de los siete magistrados el día que redactaron las sentencias del autogolpe de Estado sin toga, pero con la capucha puesta para que ni sus hijos pudieran verles las caras, avergonzados con el atraco constitucional que se disponían perpetrar. Ah, pero no estaban solos ya que el Presidente de la República asesorado por algún abogado, de esos que se graduaron “suma cum diez”, también se encapuchó al día siguiente para “exhortar” al tsj a revisar su sentencia, lo que solo evidenció su pertinaz y grosera intromisión en todos los poderes del Estado, ratificando la ignorancia supina que posee, al proponer ese adefesio jurídico de la revisión. Los magistrados (los siete magníficos de la estulticia) volvieron a colocarse la capucha y, entonces modificaron, sin potestad para ello, la malhadada sentencia para volver a delinquir.

La Fiscal Luisa Ortega Díaz ha tenido razón en dos de las tres oportunidades que le ha dado la historia para reivindicarse con Venezuela. Primero: cuando denunció la violación y ruptura del hilo constitucional; también la tuvo, cuando se paró de la reunión del Poder Ciudadano donde los otros dos encapuchados exoneraron a los magistrados. La gesta que le falta, la tercera, es incoar el juicio penal contra los delincuentes sentenciadores porque tienen que pagar con cárcel el delito cometido y, en consecuencia, ser destituidos por la AN cuyo proceso ya comenzó para honra de los parlamentarios.

Definitivamente capucha es capucha. Es capucha quien se coloca la toga de magistrado del tsj para delinquir,  también lo es quien asume la primera magistratura para confirmar las actuaciones de los primeros y capucha siguen siendo  Tarek, Isaías y Escarrá, tanto como el Contralor Galindo, al cohonestar todo este aquelarre de exabruptos jurídicos cometidos por aprendices de brujos que ni siquiera conocen la yerba.

Esa capucha, una vez más, será derrotada así se coloquen la toga por encima, pues como diría el gran maestro Piero Calamandrei, jurista y político italiano del siglo pasado refiriéndose a aquellos magistrados, paisanos suyos, que refrendaban todos los deseos de Benito Mussolini: “bajo la toga del magistrado se esconde el puñal del sicario”. Capucha, toga y puñal son las armas de la justicia venal venezolana, pero falta poco para desarmarlos. Sí hay futuro.