Antonio Ecarri Bolívar, Vice Presidente de Acción Democrática

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Entre los políticos latinoamericanos que más he admirado se encuentra Julio María Sanguinetti, quien siendo un portentoso intelectual, periodista e historiador, además de haber sido electo dos veces como  Presidente de la República Oriental del Uruguay, es un hombre tan humilde de actitud y carácter que para poder asistir a las conferencias internacionales les pedía el aventón, en sus aviones, a los presidentes argentinos. Decía él, que no podía darse el lujo de gastar en la compra de una aeronave cuando en su país había tantas carencias que resolver con preferencia.

 

La remembranza es pertinente, porque me viene a la mente una entrevista que le hiciera en Venezuela Sofía Imber, hace ya bastante tiempo, a Sanguinetti. Cuando “la intransigente” le formuló una pregunta para que éste fijara posición sobre la actitud contradictoria, según Sofía, de algunos políticos venezolanos, él le respondió, palabras más o menos, lo siguiente: “mire periodista, los políticos somos los únicos seres a quienes se nos critica hagamos lo que hagamos, somos como los remeros de los viejos galeones españoles: quienes llevaban palo para que bogaran y palo para que no bogaran”.
La graciosa y atinada “boutade” del uruguayo cobra vigencia, en estos días en Venezuela, habida cuenta de la actitud de muchos “managers de tribuna”, de más de un “general de mil batallas ganadas en twitter”, de algunos “guerrilleros de cafetín” o “Comandantes Faema” que critican a los líderes de la oposición desde diferentes ángulos y posiciones, generalmente bajo el antifaz del anonimato o desde ventajosas y cómodas butacas de lujosas residencias.

 

Hay quienes critican a la oposición, por ejemplo, cuando líderes y militantes participan, con sus franelas y banderas,  en manifestaciones contra el gobierno, porque argumentan que asisten para sacarle provecho a la actividad de la “sociedad civil” – como si los políticos pertenecieran a alguna otra sociedad militar o eclesiástica – y, entonces, esa participación luce inconveniente y sectaria. Si, en cambio, los partidos políticos deciden asistir a las marchas y manifestaciones sin esas banderas que los distinguen, entonces se preguntan: “¿dónde están los partidos políticos, que nos han dejado solos en esta ciclópea tarea de salir a la calle a marchar en día feriado?”.

 

Así mismo, si son los empresarios, digamos,  quienes asisten a las “conferencias de paz” convocadas por el gobierno, les parece a aquellos “managers” que está muy bien esa asistencia, que sus planteamientos fueron brillantemente expuestos, que ojalá hubiesen políticos con la valentía de un Lorenzo Mendoza o de un Jorge Roig, quienes, según estos mismos “generales y mariscales del twitter”, deberían presentar sus nombres como candidatos presidenciales. Ay, pero que no se le ocurra a un político participar en el mismo evento, para que el “paredón” del twitter sea colocado para “fusilar” esa ocurrencia.

 

Ya lo decía otro portentoso intelectual y político, ésta vez español, Dionisio Ridruejo: “todo radicalismo esconde la anti política”. Esto último es el fondo del problema: quienes critican a los políticos hagan lo que hagan y digan lo que digan, son igualitos a quienes utilizaban el látigo contra las desnudas espaldas de sus remeros, porque la política la ven como oficio indigno de estos modernos “patronos de galeón“, pero el político debe seguir a “pie juntillas” sus ocurrencias, a palo limpio, por más disparatadas y contradictorias que sean.

 

Por todo ello, quienes están en la dirigencia política, si quieren ser verdaderos líderes tienen que desarrollar su política y tratar de hacerla triunfar, si creen en ella, independientemente de lo que opinen los “managers de tribuna”. Dígame si Adolfo Suárez, qepd, le hubiese hecho caso a los “managers” de allá, de la ultra izquierda o de la ultraderecha en la época de la transición a la muerte de Franco, seguros estamos que en vez de dar paso a la democracia, en España hubiese arrancado una segunda guerra civil. Entonces, seamos remeros de nuestros propios barcos y sin patrón que nos fustigue.