Es lógico que, a consecuencia de no conseguirla dentro de Venezuela, Maduro se dedique a buscar legitimidad en otros países. La estrategia parece estar funcionando pero no hay que olvidar que el vaporón no es afuera sino adentro.

Muy lógico que a consecuencia de los cuestionamientos a los resultados electorales del 14A y las dudas de todo género que suscitaron afectando la legitimidad del gobierno, Maduro emprendiera una intensa actividad internacional buscando afuera el reconocimiento que no ha logrado plenamente en nuestro país. Esa actividad, que sin duda alguna también constituye una reacción para neutralizar las gestiones opositoras, se ha orientado en dos sentidos: 1) Ejerciendo presión sobre diferentes gobiernos para que no reciban oficialmente a Capriles ni a las delegaciones de parlamentarios que han venido efectuando impactantes visitas a diferentes países del mundo para informar sobre la crisis venezolana mas allá de lo meramente electoral y 2)Realizando visitas y contactos en una especie de legitimación por carambola, a sabiendas que los gobiernos no pueden ignorar que oficialmente es el Presidente en ejercicio de Venezuela. Contactos con El Vaticano, Francia, Italia, Portugal, Haití y antes los reclamos al gobierno de Colombia y el fugaz contacto Kerry-Jaua, son tramos de esa estrategia.

Sencillo para Maduro que todo se redujera a las gestiones internacionales que le han resultado positivas, porque han habido gobiernos que después de lo de Colombia -unos discretamente y otros por el medio de la calle- han expresado s Capriles y a nuestros itinerantes que no seremos bien recibidos por ahora. Y eso tampoco sorprende porque sobradamente se sabe que los gobiernos no defienden principios sino negocios. Pero es que el vaporón no es afuera sino adentro, ya no por los tejemanejes entre ese par de conceptos ubicuos o palabras comodines de libre interpretación que son la legalidad y la legitimidad, sino por el drama acuciante de todos los días que estrangula el precario desempeño del gobierno. La tragedia es la economía, la inseguridad, el desabastecimiento, la inflación, el colapso de los servicios públicos, la quiebra del aparato productivo, la falta de dólares, nada de lo cual puede resolverse si el gobierno sigue apegado al proyecto chavista y al cuido de esa herencia pasiva que pesa un mundo. Por eso las referencias al gigante y demás pavadas del culto necrofílico se hacen en tono cada vez menor. Los problemas podrían paliarse en el mediano plazo si el gobierno realiza un viraje total, o sea si el gobierno de Maduro se desmarca del chavismo. Algo de eso se está haciendo de a poco aunque nunca van a confesarlo en público. Sin que dependiera de la voluntad de nadie, es el fracaso quien ha impuesto el dilema entre chavismo y madurismo. No es una intriga sino el meollo del asunto: o siguen apegados al chavismo, esa desgracia que sólo ha traído ruina, miseria, decadencia y atraso al país y el gobierno se cae o rectifica para parapetearse en el poder. Eso es lo que hay. Cada una de las medidas que el gobierno anuncia, significa una rectificación de lo que venía haciendo los últimos 14 años y cada rectificación es la confesión de que marchaba por el camino equivocado. Pero no se trata sólo de rectificar. En una especie de círculo vicioso en que se suceden la política y la economía, las medidas económicas requieren medidas políticas y las medidas políticas requieren medidas económicas. Las rectificaciones que el  fracaso del chavismo le imponen al gobierno, han reavivado los conflictos internos entre los fundamentalistas que exigen profundización y radicalización acusando a Maduro de haber traicionado al proyecto del Comandante cuando hace “concesiones contrarrevolucionarias a la derecha y a la burguesía”, y los moderados que piensan con mucha razón que la propia estabilidad y permanencia del gobierno imponen la aplicación de correctivos en vez de perseverar en los errores que los tienen a punto de mate.

Y aquí viene otra carambola: Maduro necesita margen de maniobra y tendrá que buscar aire fuera del chavismo rabioso para las medidas que tiene de implementar. Debe demostrar que no depende de los furiosos y que dispone de diferentes tableros para jugar. Es en este punto donde tendrá que promover el diálogo sin condiciones para discutir con los sectores con los que no quiere hablar y alcanzar con ellos entendimientos mínimos que harán al muerto retorcerse en la tumba. Ese diálogo, aunque no se diga expresamente, es un reconocimiento tácito y recíproco del otro sin que nadie abjure de sus posiciones políticas. Algo ha comenzado: la Conferencia Episcopal, los dueños de los medios, Lorenzo Mendoza, algunos operadores de los medianos empresarios, mensajes, puentes… Finalmente tendrá que sentarse a dialogar con la MUD porque, gústele o no, esa organización es la referencia y representación política de un gentío independiente y de los partidos políticos que constituyen la otra mitad del país, mitad que en este momento se percibe como la mayor.

Henry Ramos Allup

Secretario General Nacional de AD

Artículo publicado en el Diario El Nuevo País