El discurso chavista pretende dibujar una realidad absolutamente alejada del día a día de los venezolanos. El gobierno insiste en la mentira de la soberanía alimentaria, y continuamente se vanagloria al afirmar que hoy en día la comida no falta en ningún hogar venezolano. Nada más alejado de la realidad, en este país las madres venezolanas vivimos día a día una suerte de expedición buscando en los mercados los ingredientes necesarios para la dieta de nuestra familia;  Conseguir azúcar, mantequilla, leche, pollo, huevos, papel toilette, medicinas, se ha convertido en un reto pero sobre todo, en una odisea.

El costo promedio de la Canasta Alimentaria se incrementó en un 4,21% con respecto a su precio en el mes de Febrero, pasando a costar Bs. 2.266.04 según cifras oficiales. Sin embargo las cifras oficiales de este “gobierno” son las mismas que niegan los asesinatos perpetrados sobre los venezolanos quienes pierden la vida diariamente, los índices de analfabetismo que tratan de maquillar a través del aparato de propaganda de distintas misiones, los altos niveles de deserción escolar, el hambre y la pobreza.

La realidad inocultable es que para cubrir las necesidades básicas de una familia de 5 miembros se necesitaría al menos tres sueldos mínimos y la suerte de conseguir todos los insumos en los establecimientos de venta. ¿Hasta cuándo la mentira? ¿Con qué comemos los venezolanos? Es una realidad que en un país con alto índice de escasez y una economía de puerto, platos como el pabellón dejan de ser criollos para convertirse en importados. El origen de los ingredientes de nuestra  tradicional arepa, hace que vaya perdiendo poco a poco la venezolanidad. Además, no conforme con la escasez y el desabastecimiento, es cada vez más notable la disminución de la capacidad adquisitiva de los venezolanos, mermada gracias al irresponsable manejo económico con el cual durante 14 años un “gobierno” que derrocha los dineros públicos para hacer política nacional e internacional,  busca luego manejar el bolsillo de nuestra gente como si fuera una caja chica.

La definitiva falta de oportunidades, la crisis económica y la falta del imperio de la ley, factores aunados a los niveles de violencia generalizada cada vez más crecientes, están creando el escenario  perfecto para que surja un gran sector de indignados en el país, que  lejos de verse motivados por el debate político nacional,  se ve abrumado por el descuido de temas fundamentales que nos afectan en el día a día, dejando ver el abandono del tema social que fue una bandera del actual “gobierno” oxidado y que ante tal ausencia ha fomentado un país de creciente división, desigualdad y pedigueños. El clima que hoy se vive en nuestro país es de desconfianza hacia las instituciones, hacia el gobierno y hacia nosotros mismos como hermanos venezolanos.

Un niño que nace y crece en una Venezuela que posee las características antes descritas es un niño que tendrá muchas dificultades en el futuro para formar una familia y garantizarle a su hogar las condiciones dignas que conforman una vida de calidad. El venezolano de hoy, lamentablemente, trabaja para comer. Los venezolanos, lejos de vivir, estamos sobreviviendo, y esa es una realidad que sin duda tiene que cambiar. La crisis de nuestro país es tan profunda que ya no sólo afecta a quien carece de los recursos monetarios  suficientes para adquirir los productos de la cesta básica, sino que también está golpeando a quienes tienen los recursos y simplemente no consiguen los productos. El socialismo de este gobierno ha igualado a todo el mundo hacia abajo, lejos de brindar oportunidades en igualdad de condiciones para todos. De no cambiar de rumbo, Venezuela se enfrenta a los peores tiempos.

Diana D’Agostino

Presidenta de Fundhainfa