Hace apenas unos días el candidato de la alternativa democrática, Henrique Capriles Radonski, se disponía visitar una de las más populosas Parroquias de la ciudad de Caracas, en el marco de su dinámica campaña de cara a los ciudadanos, casa por casa, pero fue interrumpida esta democrática actividad electoral por hordas violentas del oficialismo escoltadas por la Policía del Alcalde chavista de la capital. Aunque lo más grave no fue sólo la violencia, generada por el miedo a la ofensiva pacífica y democrática del candidato que va a desalojar del poder a estos desadaptados; lo más alarmante es el cinismo, como política de Estado, que llevó a los agresores a denunciar a los agredidos como causantes de lo que aquellos habían promovido.

Esta actitud permanente de los violentos, de acusar a los pacíficos de sus propias actitudes agresivas, irracionales y antidemocráticas, tiene su fundamento en la personalidad de quien los dirige, tan autócrata como tiránicamente. Precisamente, las actitudes violentas no son esporádicas manifestaciones de aislados malvivientes, sino una política diseñada al más alto nivel de la cúpula oficial. La única explicación convincente a esta conducta, que no entendíamos en su justa dimensión, nos la  desvela y describe científicamente el eminente penalista venezolano Dr. Hernando Grisanti Aveledo, cuando en su opúsculo Imputabilidad del Sociópata explica la conducta de este sujeto penalmente responsable.

En efecto, además de muchas consideraciones que lamentamos obviar por razones de espacio, en apretada como abusiva síntesis, debemos decir que el Profesor Hernando Grisanti describe al sociópata como “la persona que centra su vida en su egoísta interés y despiadada conveniencia. Las cosas no son buenas o malas en sí, sino buenas o malas para él”. El Maestro del Derecho Penal venezolano agrega que “…en la actualidad se estima que, en este trastorno de la personalidad subyacen factores genéticos y sociales. El pronóstico es sombrío: el sociópata es incorregible. Así mismo, nos informa, que en 1.835 Pritchard estudió la llamada locura moral (moral insanity), la cual arraiga en el ámbito de los sentimientos, el temperamento y los hábitos. Las características esenciales del sociópata son: El egocentrismo, indicado antes; la Megalomanía: El sujeto se siente armado de todas las virtudes, omnisapiencia, omnipotencia, y energía inagotable. Para decirlo a la española, el sociópata está encantado de conocerse. El Narcisismo; el Mesianismo: el individuo piensa que está predestinado a salvar a su país, a su región y al mundo; la Manipulación: El sujeto cosifica a las personas, esto es,  las utiliza mientras son útiles a sus fines, y luego las desecha; Incapacidad radical de autocrítica, arrepentimiento y remordimiento; Ausencia de Empatía, esto es, incapacidad para colocarse en la posición del otro, con el fin de comprenderlo. Total incapacidad para amar. Solo se ama; La Simulación: Valiéndose de su simpatía superficial, es capaz de fingir los afectos y lealtades más entrañables. Bien ha dicho Pritchard que el sociópata concibe su relación con otras personas como un boleto de ida; La Mitomanía, la cual lo lleva a las contradicciones y a las incoherencias. Locuacidad desenfrenada, Vida sexual promiscua, lo que impide estructurar una familia armónica y, finalmente, cómo no: Ama el poder sin límites”.

Finalmente, el reputado penalista nos advierte que “el sociópata no es un enfermo mental; por eso, aunque es el más usado, ha de descartarse el término sicópata. El problema vital del sociópata no es de orden mental, sino ético y sentimental, atinente a su manera de relacionarse con otras personas y con la sociedad en general. La mejor demostración de lo antedicho es que el sociópata, astuto y taimado, casi infaltablemente actúa con premeditación; y además, tras cometer el delito, suele valerse de toda suerte de argucias, artimañas e influencias de personajes poderosos para tratar de evadir la acción de la justicia”. En conclusión, nos dice el Profesor Grisanti, “cuando cometa un delito, lo cual es frecuente, el sociópata es absolutamente imputable. Por eso ha de recaer sobre él el juicio de reprochabilidad que conduce a su responsabilidad penal”.

Debemos entonces concluir, al coincidir con la atinada como perspicaz descripción del afamado Maestro, que el responsable de todos los desafueros contra la pacífica como desarmada oposición democrática deberá sentir, al final de su sociópata mandato y sobre su atormentada cabeza, la vara de la justicia. Claro que eso sólo será posible cuando en Venezuela retorne el Estado de Derecho y se encuentre al frente del Estado un hombre mentalmente equilibrado, al que no le sea atribuible ninguna de las características conductuales infames de quien es descrito magistralmente por el Dr.Grisanti Aveledo. Hay un camino… ¡para salir de esta sociópata pesadilla!    

Antonio Ecarri Bolívar

Vice-Presidente de AD