En 1959, empieza en Cuba la revolución. La caída de las dictaduras en América Latina, constituía de suyo un acto de regocijo continental. Fueron Fidel Castro, junto al Che Guevara, “héroes” de la revolución e íconos de juventudes en una América preñada de sueños de libertad y de libre determinación.

El derrocamiento de Pérez Jiménez (1958) y  la salida del régimen de Batista de Cuba (1959) generaron –a primera vista- un cierto entusiasmo por los movimientos pro-democráticos y la posibilidad del crecimiento real de los pueblos, en democracia. Betancourt –quien tuvo una visión política global y certera de la América Latina de su tiempo- captó muy tempranamente la intención y el interés de Fidel Castro por  Venezuela, de ahí su arenga, que encaja perfecto, aún en nuestros días, y que vale para toda Latinoamérica: “…Dígale a Fidel Castro que cuando Venezuela necesitó libertadores, no los importó, los parió…”.

En esta nueva era del siglo XXI, ver por el retrovisor a “líderes” revolucionarios con 54 años en el poder, nos hace reflexionar sobre el papel del mundo político, de los gobiernos, de los organismos internacionales…

¿Cómo es posible -cabe preguntarse- el reconocimiento internacional a un régimen con más de medio siglo en el poder, detentando por Fidel Castro Ruz hasta el 2008, y ahora por su hermano Raúl?

Estos regímenes de opresión de las libertades ciudadanas, montados sobre la fina línea de las elecciones de partidos de la revolución con total control del Estado forman parte de las autocracias totalitarias del siglo XX, de las cuales el régimen castrocomunista es un fósil de colección, para dolor del pueblo cubano, que padece los embates de un férreo control social, mediante células o “comandos de defensa” de la revolución, estructuras locales de vigilancia del pensamiento y la acción de los particulares en sus entornos privados y/o familiares. Sumado a la no circulación libre de la prensa, la radio o la televisión. Una revolución ensamblada sobre el pensamiento único, infierno del pueblo cubano.

La honra a los líderes de la revolución, como semidioses “adorados por los colectivos”, previa difusión y propaganda estatal junto al discurso dominante, es similar en Venezuela, cuando en actos públicos oficiales, se refiere al “Comandante Supremo”, para referirse al finado presidente de la República, y se piden honras al extinto; se jura bandera y rinde respeto y honor al pensamiento colectivo, comunista/socialista representado por el Ejecutivo Nacional, en el partido de gobierno, vía la figura del citado “Comandante”.

Las democracias son plurales, tanto en el pensamiento como en la participación ciudadana. Las democracias están regidas por las leyes y el mayor titulo que se ostenta es el de “ciudadano”. Estas reediciones trasnochas del régimen soviético, con pretensiones totalitarias deben –al menos- ponernos a cavilar. Solo la participación ciudadana, el rechazo a la injerencia pública en el campo privado y particular, y la decidida acción social de reclamo por la ineficiencia del Gobierno en la solución de los problemas cotidianos: vialidad, salud, empleo, educación… que competen a la esfera del Estado permitirán que hagamos de Venezuela una democracia sólida, pluripartidista y alternativa en el poder, y no vivir a la pesadilla de esos regímenes caribeños con demonios de más de medio siglo en el poder.

Rafael Martínez Nestares

Artículo publicado en www.eluniversal.com