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Fulanito de tal vive en un pueblo del interior del país, no conoce a Diego Arria o a María Corina Machado. Nunca ha pisado la casa de un partido político, y poco ve la televisión o la prensa escrita porque invierte la mayor parte de su tiempo en trabajar, para luego administrar el salario devengado en la manutención de su esposa y sus muchachitos. Cuando le sobra algo de tiempo, observa el canal del estado. La esposa –otra fulanita de tal- desempleada, se encarga de una nueva tarea obligatoria para muchos venezolanos: Amanece en la calle haciendo colas para comprar un pote de leche que necesita para su hijo que apenas tiene 2 años. El mejor de los días hace 5 o 7 horas de cola, y el peor de ellos, le ha tocado bajo la lluvia, intentando no ser arrollada por una masa enardecida que también lucha por adquirir lo más esencial. Desde papel higiénico y otros productos de higiene personal, hasta un paquete de harina de maíz precocida, se han convertido en bienes suntuosos para buena parte de los venezolanos.

Desde luego, fulanito y su esposa entran en la lista de los nuevos pobres que ha fabricado la revolución bolivariana luego de dilapidar más de un billón de dólares en ingresos por concepto de venta de petróleo. Ganan en bolívares, pero el chavismo destruyó el aparato productivo nacional y las importaciones aumentaron de 15 millardos de dólares en 1998, hasta 59 millardos en el año 2012, por lo tanto, el sueldo miserable que perciben –luego de un aumento por parte del ejecutivo- se ve diluido comprando productos carísimos que bien podríamos producir en Venezuela a un precio accesible para la mayoría. No puede ahorrar, porque si deja el dinero en el banco, la tasa pasiva que le es cancelada termina siendo inferior al índice inflacionario, por lo que su rendimiento real es negativo. Aunque fulanito no se expresa con esos términos, sabe que los diez mil bolívares que guardó el año pasado, ya no le alcanzan para comprar lo mismo en 2014.

No conoce el imperio y jamás ha visto un dólar. Por razones obvias, invierte la mayor parte de sus ingresos en comida, y no le alcanza para la ropa y los útiles del hijo mayor, que tiene 8 años. Votó por el chavismo desde su desgraciada irrupción en la escena política, pero se está dando cuenta que el hijo predilecto que escogió Hugo para sucederlo en Miraflores, está más pendiente de encerrar estudiantes en la cárcel y destilar veneno contra un preso político que padece múltiples enfermedades, cuyo nombre le suena familiar: Iván Simonovis.

Así como fulanito, su esposa y sus hijos, hay millones de fulanitos más que cruzaron el umbral de la pobreza; millones de anónimos que fueron encerrados en una cifra impersonal del INE y que revela que hemos perdido la mejor oportunidad en cuanto a ingresos se refiere, para arreglar los desequilibrios económicos del país. Ninguno de los fulanitos que el INE describe en sus cifras, recibió un dólar de los 25 millardos que se extraviaron vía CADIVI, y no fueron beneficiados por los 107 mil millones de dólares que el ejecutivo percibió a través del FONDEN entre los años 2005 y 2012, para “gastos de desarrollo social”. Muchos fulanos y fulanas que vivieron los tiempos de Acción Democrática –y a propósito del fallecimiento de Jaime Lusinchi- saben que durante los quinquenios blancos, se construían verdaderas obras para el desarrollo, con ochenta veces menos recursos y respetando la diversidad del pensamiento político.

No hay dudas: Fulanito y su mujer ya no le apuestan a la revolución. No saben de salidas mágicas, no llaman al golpe de estado, pero no están dispuestos a seguir calándose la situación paupérrima en la que los tiene el régimen. No culpan a los empresarios ni a los gringos de su pobreza. No lo hacen porque aunque no son doctores en economía, entienden que la revolución los hizo muy pobres, y que el gran culpable de no rectificar a tiempo se llama Nicolás Maduro.