Como lo sugieren los títulos de aquellas películas de los años ochenta, Conan el bárbaro (1982) y su secuela Conan el Destructor (1984), nunca alguien había dilapidado, devastado, destruido, acabado, un capital político tan grande en tan poco tiempo.  Hablamos de Maduro, el “hijo”, el  “heredero”, “el sucesor”…  Ya los estudios de opinión muestran que su apoyo ha descendido aún después del anuncio de su victoria por el CNE. No se trata del origen sindicalista, ni su formación política —que la tiene—; su descenso es producto de propia conducta, de la indefinición en su imagen de líder ungido por Chávez y de las decisiones que tomó como presidente encargado.

Nunca un equipo se ve tan bien como cuando está ganando, ni se ve tan mal como cuando está perdiendo…  Así  dice una máxima del beisbol, los traspiés en el discurso de Maduro están haciendo estragos en su imagen de jefe de Estado. No sabemos cómo pasará Maduro a la historia, dependerá de varios factores, entre ellos, de la habilidad del aparato comunicacional – cultural – propagandístico construido alrededor de Chávez y del modo como este pueda funcionar para él. Lo que sí está seguro es que Maduro será recordado como el hombre que tiró por la borda el capital político del chavismo.

Pero Maduro solo no tiene la culpa. Después de Chávez lo que quedó fue una lista de segundones, ninguno destacable,  a quienes les toca construir un sistema para manejar una nave que hasta entonces había sido conducida por una sola persona, bajo su completa voluntad. Y ya se ha visto el resultado: desde enero a esta parte, y bajo el gobierno de la “continuidad administrativa”, lo que Venezuela observa es que las ineficiencias se hacen cada día más patentes y agobiantes para el pueblo. El “sistema”  ha llegado a su máximo, se ha hecho insostenible. La inflación y la escasez, incluyendo el problema eléctrico, son apenas las primeras manifestaciones estructurales de un descalabro general que afecta a todos por igual: a  oficialistas, a opositores, a no alineados.

El edificio del chavismo muestra fisuras y grietas importantes.  Existen facciones solo unidas por el sentido de la urgencia y la supervivencia. Comienza a aparecer la pregunta de quién gobierna en Venezuela: ¿Maduro, los Castro, Diosdado Cabello, los militares? ¿Quién maneja los grupos de choque? ¿Quién la ideología? ¿Quién la estrategia? ¿Quién las políticas a implementar? Bajo estas condiciones, le quedó al régimen mostrar su cara más odiosa, sin el respeto de las formas, el lado fascista. Las actitudes y declaraciones de Jorge Rodríguez,  Iris Valera, Pedro Carreño, Elvis Amoroso, entre otros, le suman una carga adicional al pesado fardo de la imagen de Maduro y al colapso de gestión que exhibe el régimen.

La democracia  del garrote se ha hecho presente: todos deben llevar palo “si no reconocen al presidente Maduro”, que es lo mismo que si no se alinean con el régimen chavista. Persecución, revisión de teléfonos, amenazas, despidos, obligación de firmar documentos, hasta el alicate aplicado en la AN por un Diosdado absolutamente antidemocrático… Todas estas son expresiones del fascismo revolucionario.

El régimen fascista necesita construir una nueva épica. La violencia en las calles trata de llamar a más violencia, reaparecen las tesis de golpes de estado sin pruebas algunas, salvo un director de cine que solo tiene la culpa de ser gringo. En esto Acción Democrática tuvo una cuota de sacrificio: seis casas del partido hayan sido quemadas, tres compañeros heridos de bala y Williams Dávila agredido severamente.  El partido debe resistir porque  conoce bien la historia y el modus operandi. Sabemos que en la Unidad Democrática no podemos caer en la trampa violentista que el fascismo revolucionario ha urdido. Eso no significa aquella postura muy cristiana de poner la otra mejilla, sino de no llevar más agua al molino del régimen. Como demócratas, se debe ser  responsables  y actuar con mucha seriedad, tanto frente al país que votó por el cambio como al país que acató el testamento del ex presidente Chávez. Se trata de masas humanas demasiado grandes como para ser ignoradas y maltratadas, y si el oficialismo insiste en hacerlo, sellará su desplome definitivo.

Todo parece indicar que si el régimen fascista se mantiene y Maduro el bárbaro insiste en desconocer al país que no le votó, tendremos entonces un régimen más militar hacia afuera y policial hacia adentro, heredado por el régimen castrista, con comisarios políticos al mejor estilo soviético, con sus razzias y sus purgas. Nada está escrito, pero en esta tormenta se encuentran una serie de elementos y fuerzas que pueden generar una acelerada cuenta regresiva: el escenario más insospechado para quienes se creen inamovibles  en el poder.

Angel Lugo

Secretario Político del CEN de AD