Después de casi 15 años sometidos bajo un régimen como el actual, son muchas las cosas que deberían hacernos reflexionar. Lo primero es que en los últimos años de la democracia el tema social no fue planteado como prioritario ante la opinión pública. Intencionalmente o no, otras prioridades en nuestra agenda nacional hicieron que el tema social fuera menos mencionado que el político o económico, y aunque ambos, por supuesto, involucraban al último, nuestra gente no lo entendió así.

La crisis económica abrió las puertas a una gran crisis política en la cual ciertos grupos sacaron provecho para intensificar la crisis social y adjudicar a los políticos las consecuencias de lo que parecía ser el inició de nuestro colapso. Aquella situación comenzó a estimular el rechazo, la animadversión y hasta el desprecio a quienes ejercían el rol de la política. Eso trajo consigo un odio a los ya estigmatizados funcionarios públicos y a nuestros partidos. Lo que parecía una ola se convirtió en un tsunami que no sólo acababa con el sistema democrático, sino que desmotivó a la población ante el importante valor que representaba la participación, como derecho, y le quitó trascendencia a las instituciones y al Estado.

Ese escenario fue perfecto para traer a colación el coloquial dicho “Río revuelto, ganancia de pescadores”, y abrió las puertas a la antipolítica, le dio espacios a Hugo Chávez y a sus jerarcas para convertir una Venezuela con una democracia mejorable, en una Venezuela dividida, sumergida en violencia y entregada al régimen cubano.

Hoy en día, la única manera que ha tenido el régimen chavista para sustentar sus acciones en el presente es justificándolas con un pasado muy lejano, en el cual no existía la tecnología, ni la electricidad ni la internet, en el cual los pueblos eran sometidos y no contábamos con la bendición que representa la globalización.

A casi 15 años debemos preguntarnos qué hemos hecho para que las cosas mejoren, o qué deberíamos hacer. Venezuela no sólo sufre el legado de odio y división que nos dejó Chávez, sino que sigue padeciendo la herencia que nos dejó la antipolítica, esa que también clasifica de manera absurda la política entre vieja o nueva, como si la juventud garantizara pureza y la experiencia estuviera vinculada a malas formas.

Esa antipolítica es la que sigue el planteamiento chavista al dividir nuestra república en cuarta y quinta, como si hubiera dos historias que contar de una sola nación. Esa misma antipolítica ha permitido que aventureros, muchas veces incapaces, se posicionen y hasta lleguen a ocupar espacios de poder irresponsablemente, y le ha dado paso a la improvisación, ha subestimado la experiencia, y peor aún, ha entregado nuestra historia.
En la Venezuela de hoy la historia de la gesta independentista parece más vi­gente que nunca, sobre todo porque el régimen le da la promoción suficiente para vincular aquella revolución con la supuesta nueva revolución, pasando por alto, tanto como sea posible, la democracia y su valor. Por más que lo intente el régimen no podrá borrar jamás de nuestra memoria los logros de una democracia que, aunque defectuosa, fue ejemplo para Latinoamérica.

Llegó el momento de rescatar lo que es nuestro, debemos ser -hoy más que nunca- defensores de nuestra historia, de lo que somos, de la democracia y todo lo que nos dio. Desde la Unidad Democrática debemos dar el ejemplo de amplitud y apertura ante una Venezuela que clama liderazgo y unidad, y para todos los venezolanos llegó la hora de reivindicar nuestra historia, contarla con la verdad y sin complejos, defender nuestro legado y promover la búsqueda de la excelencia que tanto nos caracteriza. Llegó la hora de seguir luchando por espacios, pero también por ideas. Pensemos y hablemos de democracia.

Diana D’Agostino

Presidenta de FUNDHAINFA

Artículo publicado en el Semanario 6to poder