El Gobierno de Maduro nace patuleco y las acciones de él y su partido no hacen sino agravar una situación para salir de la cual se requieren recursos económicos y talento político que al chavismo no se le ven por parte alguna.

Escribo estas líneas todavía sorprendido por la evaporación de la herencia chavista, fenómeno patentizado en las recientes elecciones presidenciales cuyos resultados definitivos siguen entre las brumas, potenciadas por las reacciones primitivas de los herederos. Jamás creí que esa herencia la despilfarrarían tan rápido. El gobierno de Maduro nace patuleco, no solo por los resultados que declara un CNE con más prestigio de contendiente que de árbitro, sino por sus propias reacciones, y por los cuestionamientos en el seno del chavismo, donde a dentelladas están haciendo jirones al Delfín.

Digno de Ripley Muchísimos chavistas dudan de los resultados y otros tantos no comprenden cómo, en una elección de votos duros y con los mismos electores, el candidato bendecido disminuye un millón de sufragios en seis meses, y de ellos 700 mil se pasan al candidato “de la derecha, el imperialismo y la burguesía”. Un récord digno de Guinness, como observara ácidamente el encuestador Alfredo Schemel. Así que los aplaudidores del comandante no constituían una tropa de fieles en la vida y en la muerte, sino una clientela integrada por pedestres del común que temen perder las dádivas recibidas por ponerse una franela roja. Las clientelas piensan con el estómago y saben que ellas de las revoluciones salen peor que antes, mientras los dirigentes, pobretones hasta ayer, se marchan con las alforjas llenas. No se han secado las lágrimas del novenario ni disipado los aromas del sahumerio cuando ya se escuchan irreverentes reclamos contra el ilustre muerto que les echó un vainón al escoger como sucesor al peor de los candidatos, cosa que no es verdad, porque con cualquier otro habría resultado igual.

Acorralados y derrotados El shock electoral hizo que la jerarquía chavista se comportara con la astucia del ratero que huye cuando suena a distancia la sirena de la policía. Acorralados por el reclamo general de un conteo voto a voto, Maduro, que aparecía ganador por una nariz en el boletín del CNE, aceptó públicamente la misma noche del 14 el escrutinio general de todas las mesas, para cambiar de opinión al día siguiente, contando con la “ayudaíta” del CNE y el TSJ, los cuales, invocando tecnicismos y recovecos reglamentarios, descartaban la posibilidad de una solución política ante las incertidumbres lógicas de un resultado tan estrecho. Afortunadamente, después de una insoportable presión nacional e internacional, el CNE decidió el pasado jueves 18 al cabo de una sesión de 9 horas, ordenar la auditoría del 46% de las mesas restantes, que se concluirá en el lapso de 30 días. Cualquiera sea el resultado de ese conteo, el chavismo sale del trance con una terrible derrota.

Desde el mismo día de las elecciones los “ganadores” actuaron como “perdedores”. Si delincuentes haciéndose pasar por opositores incendiaban una sede oficialista, la respuesta no fue apresarlos y ponerlos a la orden de la autoridad sino la comisión de delitos iguales o peores quemando y saqueando las casas de los partidos adversarios, en razzias encabezadas por funcionarios investidos de autoridad, mientras policías, militares y bomberos volteaban la cara para que los gamberros completasen su arrase. Si sonaron cacerolas atormentantes en la residencia de un funcionario, las bandas oficialistas repostaban tiroteando y asaltando las residencias de los adversarios. Si los diputados opositores tratan de ejercer su derecho de expresar lo que les venga en gana sin condicionamientos inconstitucionales, el presidente de la AN lo niega porque no dicen lo que él ordena, y diputados oficialistas agavillados agreden a sus colegas opositores dentro y fuera del recinto parlamentario y los sacan de las comisiones de trabajo a las que tienen derecho por mandato popular.

En rol de pandilleros Cuando el Gobierno que aspira ser reconocido no actúa como Gobierno sino como pandilla, no puede ser percibido sino como tal. Arrojan toda su jauría de fiscales, jueces, policías, militares y burocracia, criminalizan la disidencia, presionan, graban, infaman, calumnian, persiguen a los pocos medios de comunicación indóciles que aún quedan. Pero la gente sigue manoteándoles en la cara.

Es obvio que ciertos radicalismos hipócritas lo que están es jugando al jaque-mate del camarada Maduro, sin darse cuenta de la tragedia íntima que padecen por haber perdido el poder de intimidar, ese instrumento primitivo que sostiene a los gobiernos autoritarios.

¿Militares o cancerberos políticos? Y ahora voy con el tema militar del que afortunadamente soy desconocedor, pero no tanto como para ignorar lo que en ese mundo acontece. Los militares, aún los que por ser privilegiados del régimen actúan como cancerberos políticos de esta revolución desflecada, escuchan cotidianamente el reclamo de sus propias familias -que es el mismo de todas las familias-, sobre la inseguridad, el desabastecimiento, la inflación, el colapso de los servicios públicos, la corrupción y el desastre de este gobierno al cabo de 14 años de haberlo tenido todo para hacerlo medianamente bien. Esos militares tienen vecinos, amigos, colegas y saben que la queja ha pasado del murmullo a la protesta airada. Pueden tener los hombros recargados de soles y el pecho recamado de condecoraciones pero ya nadie les teme sino que les reclama en tono cada vez más subido. Saben que un grupo de ciudadanos bragados obligaron a un militar a que se quitara el brazalete chavista y tuvo que hacerlo para poder votar. Saben que en los cuarteles cunden pintas y panfletos reclamando a la superioridad desde su partidismo groseramente violatorio de los artículos 328 y 330 de la Constitución, hasta la omisión de sus deberes, la presencia de militares cubanos en su seno y hechos de corrupción. Saben que la oficialidad rechina cada vez que el ministro del interior, el de defensa o el jefe del plan república (minúsculas adrede), disparatan con declaraciones y discursos mal pensados y peor dichos, o cuando amenazan con reprimir con el pretexto de mantener la paz pública y derrotar la subversión -así denominan a la protesta cívica y pacífica de los ciudadanos. Saben que no bastan los estalinianos “consejos de investigación” y que hay militares que en horas de servicio se quitan el uniforme para salir a la calle porque el ojo indignado del público les pesa en la espalda como un costal de piedras.

Leales hasta la víspera… Unas anécdotas para refrescar la memoria de quienes creen que con el poder del gobierno y las bayonetas de los militares pueden sostenerlo que ha comenzado así de mal. Los militares siempre son leales hasta la víspera, y no lo digo yo sino la Historia. El 24 de noviembre de 1948 los militares derrocaron al Presidente Gallegos y se pasaron por donde les dio la gana la voluntad popular. Ya en un autobús, los miembros del gabinete rumbo a la Cárcel Modelo, el capitán encargado de los presos preguntó si allí estaban todos los ministros, y el genio chispeante que era Gonzalo Barrios, respondió: “Falta uno, el Ministro de Defensa”. En pleno bombardeo del Palacio de la Moneda, Salvador Allende preguntaba desesperadamente por su leal Ministro de Defensa: “¿Dónde está Augusto?, ¡llámenme a Augusto!” (Pinochet), quien en ese momento dirigía el bombardeo. Y para no ir tan lejos, aquí mismo, el 11 de abril del 2002, cuando Chávez ordenó a “su”alto mando militar la ejecución del Plan Ávila para echarle plomo a la enorme masa humana que se dirigía en protesta a Miraflores, el Alto Mando no sólo no ejecutó el plan genocida sino que le exigieron al Presidente la renuncia, “la cual aceptó”, según anunció al país el general Lucas Rincón, para entonces el militar de mayor rango.

Llevo tiempo advirtiendo que después de cada elección el país sale más dividido, y ahora lo está en dos toletes del mismo tamaño. Y eso es muy grave por varias razones: Primera, porque en las democracias el instrumento exclusivo de solución política es el voto y aquí mucha gente está pensando que no sirve para nada. Segunda, porque muchos de los que creen en el voto piensan que se lo cuentan mal. Tercera, porque uno de los toletes piensa torpemente gobernar contra el otro sin reparar que su propio origen está bajo demasiadas sospechas nacionales e internacionales. Cuarta, porque cuando se pierde la confianza en el voto el respaldo de los ciudadanos se va por otro lado y en Latinoamérica ese otro lado es la pesadilla militar siempre al acecho. Cierto también que los pueblos terminan reconociendo como gobierno legítimo al que paga quince y último, cosa que sabe Maduro. El problema se le presentará cuando Giordani y Merentes lo pongan a firmar cheques sin fondo y el culillo infecte al camarada-presidente sabiendo que si la cosa sigue así no llegará al final ni en encurtido.

Henry Ramos Allup

Secretario General Nacional de AD

Artículo publicado en el diario El Nuevo País