Una vez más, los indicadores del Instituto Nacional de Estadística (INE) arrojan que el costo de la canasta básica ( alimentos de uso primario como leche, harina de maíz precocido, azúcar, entre otros) es mayor al salario mínimo, que, por cierto, acaba de ser aumentado.

La inflación se ha convertido en un mal que agobia a todos los venezolanos. Estamos ya, en presencia de lo que los economistas llaman “una espiral de miseria”, en dónde aunque aumenta el salario, también lo hace la inflación, en un marco de escasez.

El gobierno ha diseñado un discurso en el que alega que nos encontramos en medio de una guerra económica, en la que, supuestamente, la responsabilidad de que los venezolanos estemos en una economía viciosa que nos consume el sueldo, no recae en sus malas políticas económicas, sino en acciones malintencionadas del sector privado.

Sólo hace falta hacer memoria, para entender que el sector privado en Venezuela no tiene la capacidad de emprender tal guerra económica. Y es que desde que el Gobierno del difunto inició, la política oficial ha sido la de una asfixia sistemática contra todo el sector productivo privado nacional. Las mal llamadas expropiaciones, que realmente son más que eso, confiscaciones, los controles de precios que obligan a los productores a trabajar a pérdida, la falta de divisas, la sobrevaluación del bolívar, en fin, un coctel que ha tenido como resultado que, con muy pocas excepciones, los empresarios a los que no “los fueron”, se han tenido que ir del país.

Lo más triste, es que no hace falta ser economista, ni siquiera un letrado, para saber que los indicadores económicos del INE están maquillados. Que nadie puede vivir con un salario mínimo y pagarse una vivienda y sus gastos, comida, esparcimiento, mantener una familia, etc. Un ejemplo de esto es el pasaje. Hace 10 años el pasaje urbano en Caracas era de 400 Bolívares, hoy, es de 4.500 Bolívares, (BsF. 4.5, por el cambio de 2008), esto significa que en 10 años, sólo en ese rubro que nos afecta a todos, la inflación fue de 1200% aproximadamente.

Como jóvenes, esta realidad nos pega el doble, y es que no sólo tenemos que soportar la difícil situación del día a día, sino que también, debemos vivir con la desesperanza de saber que la emancipación se hace cada vez más lejana. Cada vez parece menos probable la posibilidad de adquirir una vivienda propia, de comenzar una familia, comprar un vehículo, etc.

Para 1975, un joven de 21 años podía tener acceso a un crédito para vivienda y comprar, así, su primer apartamento, financiado por el Estado. Podía comprarse un carro, iniciar su familia e incluso, viajar. Esto hoy parece un mito. Hemos perdido los logros de la democracia.

No sorprende que cada vez más jóvenes busquen procurarse oportunidades fuera de nuestras fronteras. Pero para los que no podemos, o no queremos hacerlo, el camino es difícil, puesto que debemos, primero, cambiar al gobierno, sanear la economía y esperar que nuestros hijos tengan las oportunidades que nosotros no hemos tenido, y que, probablemente, no tendremos. Tenemos, pues, que comernos las verdes, y esperar con fe, llegar a ver las maduras.

Francisco Ramírez

Miembro de la Comisión Central de Actualización de Tesis política de AD