EL UNIVERSAL

Domingo 9 de febrero de 2014  

 

El Dr. Frankenstein

CARLOS RAÚL HERNÁNDEZ 

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Miquilena hace dos domingos repite una operación para dividir y desacreditar la Unidad

 

 

El siglo XIX es de Jack el Destripador, el Dr. Jeckill y Mr. Hyde, los hombres lobos, vampiros y demás especímenes que simbolizan, como los torvos y nublados callejones de Londres, la oscura subconciencia de la Inglaterra victoriana. Demasiado conocida la anécdota y moraleja de la pequeña novela de Mary, esposa del poeta Shelley, escrita para una competencia entre amigos que veraneaban en un castillo propiedad de Byron cerca de Ginebra. Un científico, el Dr. Victor Frankenstein, ensambla pedazos de cadáveres y le da vida. El engendro se descontrola y reacciona contra su creador. Es una “enajenación”, un resultado que aniquila a quien lo produce. La política es escenario permanente de síndrome de Frankenstein. Hasta la decisión más insignificante se puede convertir en un boomerang que le corte la cabeza a su autor.

Algunos expertos piensan que Frankenstein o el moderno Prometeo es una especie de eslabón entre la llamada novela gótica y la moderna literatura de horror, porque el tema esencial de esta pequeña y gigantesca obra es moderno, la revolución científica. El siglo XIX estuvo marcado por el miedo a los cambios promovidos por el desarrollo del conocimiento, y específicamente causaban pánico los estudios sobre anatomía y fisiología humanas. Destazar cuerpos para estudiar los órganos, como hacían en las escuelas de medicina, tenía resonancias diabólicas. Además, estudiantes y profesores compraban cadáveres a criminales que los desenterraban, en un espeluznante mercado negro en sentido estricto de término. Se habló incluso de bandas que asesinaban prostitutas, vagabundos y transeúntes para satisfacer la demanda.

40 años contra la democracia

A CAP se le ocurrió la boutade de decir que los sucesos del 27-28 de febrero eran una “rebelión de pobres contra ricos” y le tomaron la palabra. Mucho peor cuando no es una simple gaffe, una frase estúpida, sino literalmente la creación de un monstruo. Ocurrió a los industriales del Rhur con Hitler y a los gringos con Fidel Castro. Después del 4-F las FF.AA democráticas habían hecho de Chávez un fantasma que vagaba embutido en un liqui liqui de poliéster verde militar, predicando la abstención, y posiblemente habría terminado en los cafetines universitarios. Pero Luis Miquilena, que llevaba 40 años de conspiraciones fallidas para destruir la democracia, el “puntofijismo” como le decían con asco y que no tenía una visión de militar golpista sino de conspirador civil, lo convence que se lance candidato, en aquellos años de confusión y crisis política. El corrientazo le dio vida al engendro.

El sistema ya había perdonado al golpista, y el perdón lo hizo ver como un héroe, ya no como un delincuente militar. Luego Miquilena administra uno de los peores crímenes históricos cometidos contra este desventurado país, la “constituyente” de 1999, y manejó aquél zoológico con habilidad. Un periodista que hacía atolondradas crónicas políticas los domingos, cruzado de “la constituyente”, iluminó entonces una verdad de diamante: “la constituyente no es para hacer una Constitución sino para acabar con los partidos”. Y ciertamente, confabuladas la derecha moderna, la derecha tradicional y la izquierda, paralizaron los únicos obstáculos a la avanzada dictatorial, los partidos de centro, para luego degollarlos. Y colorín colorado, cuando cumplió su misión, el caudillo salió de él. Pero sigue la labor destructiva. El 11 de abril, Miquilena y algunos otros contraen otra deuda con los venezolanos.

Celebrar trastadas

Como esa noche no plenaron sus aspiraciones para ir al gobierno, decidieron quitarle el taburete a la única posibilidad de salir de la pesadilla (y es posible que varios se vayan de este mundo sin ver otra). Y en aquél agrietado ensayo, sin sustento y por sus propios errores, se derrumba Carmona. Lágrimas de vinagre debían llorar quienes lo tumbaron, por haber encaminado el país hacia una dictadura totalitaria que avanza devorando sus propios hijos y los de los demás. Les saldría caminar azotándose entre ellos las espaldas de aldea en aldea, como los penitentes medievales. Lejos de eso Miquilena y un grupo de políticos, varios de ellos vinculados a los golpes militares en 2009 celebraron el décimo aniversario de la “constituyente”. Una especie de misa negra, como si alguien propusiera celebrar el golpe de Carujo, el 4 de Febrero, el fusilamiento de Piar, el castigo de Valencia por Boves, el asesinato de Ruiz Pineda o cualquier otra trastada de esta pobre historia.

A su edad, Miquilena continúa en lucha y eso merece respeto. Enfrentó persecuciones, cárceles, torturas en las que se bate el cobre y resistió. Eso hace admirar su tenacidad, pero no compartir sus objetivos políticos, salvo cuando entendió la necesidad de detener el esperpento creado por él. Ya no la llama excrementos pero igual es sugerente su persistencia para destruir la oposición. Cada vez que la nota debilitada, le lanza un zarpazo. No puede ver un opositor disconforme ni hendedura, porque mete una ortiga. En 2010, en equilibrios precarios se configuraban las planchas de unidad a las elecciones parlamentarias, y Miquilena de impromptus pateó la lámpara y propuso imposibles primarias universales para producir la crisis. Pese a su intento, la oposición superó el tránsito y ganó. En 2012 se hizo asesor de uno de los candidatos a las primarias con más posibilidades, que terminó destruido. Hace dos domingos repite una operación para dividir y desacreditar la Unidad.

@carlosraulher