Esta semana ha estado signada –para Venezuela- por la catolicidad. En efecto, esa idea de “católico”, de “universal”, al parecer, debe empezar a internalizarse en la mente de todos.

El 19 de junio, Su Santidad Francisco, recibió en la plaza san Pedro, en Audiencia General, a los diputados de de la Unidad Democrática, encabezados por Edgar Zambrano, lo mismo que hizo el lunes, en Audiencia privada, como jefe de estado a Nicolás Maduro.

Dos momentos similares, cargados de profunda emoción y sentimiento católico –universal y latinoamericano. El papa Francisco, desde el inicio de su pontificado ha recordado que el diálogo y la esperanza son dos pilares fundamentales de la vida cristiana, más aún en estos tiempos.

El diálogo debe ser la base de toda relación permanente y sincera, basada en la franqueza y cordialidad, circunscrita a la verdad, fuente real de “…todo lo bueno…”. Es desde la verdad, que el diálogo permite a los pueblos encontrar caminos solidarios y de lucha sostenida en el amor, que es en definitiva es sentido mismo de la vida, el origen y fin de la acción pública de quienes ejercen gobierno y es la esperanza de quienes somos gobernados.

Por ello, viene el segundo elemento: la esperanza. Ha venido mencionando el Santo Padre que no permitamos que “se nos arrebate la esperanza”. Tiene mucha razón en ello. Regímenes autocráticos, dictaduras, fascismo, comunismo… han llenado de páginas de  historia plagadas de este signo del “enemigo malo”, del “maligno”. Sin esperanza, la redención pierde su sentido temporal y escatológico, haciendo de la vida cotidiana un sin sentido, una total “vaciedad”. Esa sí que, quienes se encumbran el poder, con ostentación hegemónica, pretenden entronizarse destruyendo el diálogo con el pensamiento único y la esperanza con el desasosiego.

Pareciera mentira, pero eso han sido los casi 15 años de este régimen político: pensamiento único y desasosiego.

Por ello, el encuentro de esta semana, con Su Santidad Francisco, en Roma, ha mostrado una posibilidad real para Venezuela: entablar el diálogo y hacer surgir de nuevo la esperanza.

Los prisioneros y exiliados políticos venezolanos forman parte de ese lugar común para el encuentro. La liberación de los prisioneros políticos y el regreso de los exiliados políticos, muchos de ellos, en grave situación de salud, constituye un acto de humanidad supremo. El reencuentro de las familias separadas por el exilio abre un camino de reconciliación nacional sin precedentes.

Los actores políticos, Gobierno y Unidad Democrática, tienen un importante espacio para desarrollar una nueva realidad y construir nuevas condiciones para el país en beneficio de todos los venezolanos.

La Conferencia Episcopal Venezolana ha jugado un papel de mediación descollante. Así como antaño, Mons. Padrón y Mons. Moronta –por citar dos casos de actuales directivos de la CEV- velaron por la integridad física del entonces presidente Chávez, tras el golpe de Estado.

Nos recordaba le Santo Padre en la Audiencia General de este miércoles: “… la Iglesia no es una asociación asistencial, cultural o política; es un cuerpo vivo, que camina y actúa en la historia, que tiene a Jesucristo como cabeza que lo guía, lo alimenta y lo ayuda. Como el cuerpo no puede sobrevivir separado de la cabeza, tampoco la Iglesia separada de Cristo…”.

Desde estas palabras, recibimos con afecto y humildad las bendiciones sobre Venezuela que el papa Francisco impartió sobre Venezuela, sobre la única Venezuela, nuestra patria tras haber recibido con el mismo afecto a la Delegación del Gobierno y de la Unidad Democrática venezolana. ¡Larga vida al Papa! ¡Construyamos desde el diálogo y la esperanza, una nueva patria para todos!

Rafael Martínez Nestares

Artículo publicado en www.eluniversal.com