Algunos managers de tribuna opinan que, inmediatamente después de un triunfo opositor, hay que celebrar una constituyente, como si constituciones y constituyentes fueran la panacea.

Mis abuelas libanesas eran sabias e incultas. Cuando los zagaletones nos entremetíamos en las conversaciones de los mayores opinando sobre todo lo que ignorábamos, nos fulminaban con su mirada de basilisco y nos recolocaban en nuestro lugar, diciéndonos: “¡El que no sabe se calla!”. La frase viene a mi memoria a propósito de los managers de tribuna que hacen propuestas estrafalarias por doquier y la dirección oposicionista tiene que tragarse so riesgo de ser arrojada a la hoguera. Incapaces de informarse antes de opinar, le hacen el caldo gordo al gobierno y dificultan el de por sí complicadísimo rol del comando opositor obligado a actuar en las complejidades típicas de su heterogeneidad.

Una de esas propuestas anuncia desde ya la “necesidad” de una constituyente que se anunciaría en el momento mismo del triunfo electoral opositor en las presidenciales, para, entre otras cosas, enderezar los entuertos de la Constitución chavista y deshacernos de todas las instituciones públicas que por subordinadas al perdedor harían imposible el desempeño del nuevo gobierno. Es decir, un replay del decreto Carmona pero con votos. Al parecer, no han aprendido nada ni sacado experiencia alguna de los yerros de la Oposición por andar a remolque de factores extrapolíticos que insisten en hacerlas cosas conforme a sus intereses. ¡Que vaina!

Si constituciones y constituyentes fueran la panacea, Haití, Venezuela y Bolívia, en ese mismo orden por el número de constituciones en el haber de cada cual, deberían ser los países más desarrollados del mundo. De 1811 para acá, hemos tenido nada menos que 26 constituciones y alrededor de 87 actos constitucionales. Las constituciones que menos han durado han sido producto de constituyentes que los ganadores de elecciones o triunfadores de golpes de Estado le han impuesto al país en momentos no de entendimientos, sino de rupturas. La Constitución que ha tenido vigencia por más tiempo, la de 1961 (llamada también “Puntofijista” por los defensores y detractores de los mejores 40 años de nuestra vida republicana que fueron los transcurridos entre 1958 y 1998), fue ampliamente discutida y aprobada por unanimidad en un momento de amplia concertación nacional. La chavista, votada el 15 de diciembre de 1999 apenas por sólo 3 de cada 10 electores, a escasos ocho años de haber entrado en vigencia fue sometida por su dueño a sendos referendos modificatorios el 2 de diciembre de 2007 (negado) y el 15 de febrero de 2009 (aprobado).

Por cierto que uno se aturde cuando escucha que esta Constitución es una maravilla y que sólo hace falta cumplirla. Será que leemos textos distintos. Sospecho que quienes eso dicen, fueron hinchas del proceso constituyente chavista para percatarse, ahora en la oposición, que amolaron el cuchillo para su propia garganta. Salvo la inigualable parte programática, especie de carta al Niño Jesús que decreta la felicidad nacional por los siglos de los siglos, la parte orgánica hipertrofia a tal extremo el presidencialismo, lesiona a tal punto una de las grandes conquistas democráticas como fue la descentralización, despoja a las gobernaciones y alcaldías de tantas facultades, anula a tal extremo la separación e independencia de los poderes, crea tal maraña de organismos yuxtapuestos y superpuestos, consagra fueros y privilegios especiales como el militar, que uno llega a la conclusión que es una Constitución tan mala y peligrosa en manos de Chávez como de cualquier otro presidente. Que haya que cumplirla es una cosa muy distinta a ponderarla como Biblia de la felicidad nacional.

Guste o no, nuestro mejor escenario que es el triunfo electoral, no es el único escenario. Cualquiera sea el resultado, debemos ser muy prudentes para no dar municiones al contrincante. Si ganamos, nos encontraremos con la complicadísima tarea de gobernar frente a un adversario herido pero no muerto y ante el que tenemos que pulsear en el día a día que supone el ejercicio democrático entre fuerzas parciales y contrapuestas. Si ganamos, la constituyente sería una inyección de vitamina política para la recuperación del chavismo recién derrotado. Si perdemos, quedaríamos desarmados con nuestra propia propuesta cuando Chávez nos tome la palabra y proceda a cerrar definitivamente los pocos resquicios democráticos que quedan en ésta Constitución, despropósito que no pudo lograr en el referéndum del 2007. En esta hipótesis, los que andan tejiendo sogas y levantando cadalsos serán los primeros en correr.

Para los que piensen que hay una contradicción entre la crítica a la Constitución chavista y el rechazo a una eventual constituyente para modificarla, digo simplemente que, ganemos o perdamos, entre males y peligros habrá de preferirse el menor.

 

Henry Ramos Allup

Secretario General Nacional de AD

Artículo publicado en el diario El Nuevo País 5-8-12