En varias oportunidades dijimos que la autocracia de Hugo Chávez no podía ser calificada ni de fascista ni de comunista, sino que se enmarcó en la historia de los caudillismos autoritarios, populistas y militaristas del tercer mundo latinoamericano, a saber: varguismo brasileño, peronismo argentino, velasco-alvaradismo peruano y torrijismo panameño.  También dijimos que, a diferencia de estos caudillismos anteriores, el chavismo tuvo un tinte pro-comunista mientras aquellos se ufanaban de ser terceras vías entre el capitalismo y el comunismo.

Otra gran diferencia entre los caudillismos autoritarios del pasado y el chavismo reside en que aquellos, no obstante ideas y prácticas censurables, mostraron algún grado de eficacia y “dejaron algo” que contribuyera al progreso de sus países.  Getulio Vargas, aunque inicialmente admirador de Mussolini, de hecho no implantó en Brasil el modelo fascista sino, por el contrario, favoreció el auge progresista de las clases obrera, media y burguesa-industrial y dio los primeros impulsos a lo que posteriormente sería el admirable ”desarrollismo” brasilero.  Juan Domingo Perón (otro admirador de Mussolini) estableció en Argentina un régimen personalista y asaz corrupto,  pero impulsó una confederación sindical clasista, alentó anhelos  desarrollistas y adoptó una postura internacional independiente.  Juan Velasco Alvarado presidió en Perú un régimen militar de izquierda nacionalista, que puso en práctica políticas progresistas  (sacadas del recetario de una socialdemocracia despreciada), aunque fracasó por culpa de su rígido verticalismo.  Por último, en Panamá, Omar Torrijos, el mejor de los caudillos personalistas, logró nada menos que la recuperación del Canal de las manos del imperio (con el activo apoyo del demócrata Carlos Andrés Pérez, influyente ante Jimmy Carter).

 En contraste con todo ello, el chavismo no ha sido sino destructor y objetivamente contrarrevolucionario en todas sus actuaciones.  Heredó un país emergente del subdesarrollo pero, mediante el despojo de sus clases productoras y la asfixia de su desarrollo industrial y agrícola, lo volvió a hundir en el atraso y la dependencia importadora más neocolonial.  Heredó una cultura democrática sofisticada pero le sobrepuso un primitivismo dogmático desfasado con la realidad del presente siglo. Heredó una sociedad con modernas infraestructuras y tolerables niveles de seguridad, y la trasformó en una sociedad de derrumbes, violencia y dominio de bandas armadas.  Heredó una clase trabajadora organizada y consciente, pero le dio la espalda y encumbró al “lumpen”, junto con una nueva plutocracia.

Despilfarró un ingreso total muy superior al  billón (millón de millones) de dólares y dejó al país endeudado y quebrado.  Se requiere un cambio de ruta inmediato y radical.

Demetrio Boersner

Miembro de la Comisión Central de Actualización de Tesis Política de AD

Artículo publicado en el Diario Tal Cual