Cuando los políticos se meten a empresarios y los empresarios se meten a políticos la democracia se fuñe, como bien sabía Rómulo Betancourt.

Una encuesta reciente sobre la realidad del país informa que alrededor del 83% de los venezolanos se muestra “muy de acuerdo en que una de las formas de echar el país adelante es dejar de lado la división y trabajar juntos en la misma dirección”, y el 79% opina que “con el trabajo conjunto del gobierno y la oposición Venezuela puede progresar”. Seguramente que ante esas conclusiones, los fundamentalistas de ambos sectores de la políticamente polarizada y dividida Venezuela, arrojarán espumarajos porque en ambos lados hay factores para quienes la guerra a muerte y la incomunicación total es un tronco de negocio, y utilizo conscientemente la expresión en su sentido más lato.

En varias oportunidades, personalidades de diversas tendencias han propuesto, con variados grados de timidez, la posibilidad de un diálogo gobierno-oposición, ante lo cual la irrupción fundamentalista no se ha hecho esperar. Para la que se ha enseñoreado en el seno del oficialismo, hasta el más leve saludo a alguien de la oposición “fachista” constituye una traición a la revolución, a los sacrosantos principios que la inspiran, una profanación a la ilustre memoria del comandante supremo, una capitulación ante los antipatriotas de la derecha, del imperialismo, de la burguesía, una tratativa con los saboteadores y especuladores, etcétera. Para el fundamentalismo que ha formado como una costra y pretende mandonear e inhibir a la oposición, diálogo con el gobierno significa salto de talanquera, venta ignominiosa, oculto arreglo de trastienda, traición, negocio de corruptos y otra retahila de sicoteras.

Lo que realmente subyace de inconfesable en ambos fundamentalismos, lo que verdaderamente imposibilita el diálogo y tiende a mineralizar la confrontación, es simple y llanamente el interés de unos por mantener su actual hegemonía en nombre del socialismo que de eso no tiene sino el nombre, con la cauda de ventajas y privilegios escandalosos disfrutados hasta la saciedad que esa hegemonía ha garantizado, y en otros el deseo envidioso de sustituir esa hegemonía para suplantarla por una propia pero de otro signo. Es decir, sustituir a los enchufados enquistados en el gobierno en nombre del pueblo y la izquierda, para ser suplantados por otros enchufados de la plutocracia y de, digamos, la derecha supuestamente ubicada en la oposición.

Lo que jamás se dice – y las razones son obvias – es que en medio de esta disputa meramente crematística disfrazada de política, existe una especie de zona protegida donde medran los vivos a quienes lo único que interesa son los negocios y saben que para hacerlos con los actuales hegemones se requiere dejar de lado los pruritos clasistas, los modales y los colores de la piel, que en sus discriminaciones siempre pone por delante una oligarquía pretenciosa y desmemoriada, cuyas tatarabuelas se refocilaban en la caballeriza con los zambos que cuidaban las bestias y apagaban los furores de mantuanas de historia tan turbia como la del tosco plebeyaje que ahora desde el gobierno unta a sus tataranietos con la pomada. Si les contara.

Los negocios que hace y facilita el plebeyaje en el poder, requiere de contactos internacionales, ingenierías financieras y demás exigencias del capitalismo sofisticado de la globalización, artimañas que sólo conocen los educandos de las clases pudientes formados en las exclusivas y costosas universidades de la Ivy League, y no sólo porque esos onerosos conocimientos sean distintivos de una alcurnia roñosa, sino porque a eso se han dedicado por generaciones en todos los gobiernos. Si bien para ellos la política es una profesión despreciable, no lo son los negocios que pueden hacerse a través de ella. Si se voltea la tortilla, el plebeyaje enriquecido saldrá del poder a disfrutar los ahorros que le deparó la revolución, y quienes fueron sus operadores se adosarán desvergonzadamente a la próxima república puesto que, al fin y al cabo, los nuevos hegemones serían sus pares de clase, incapaces de perseguirlos no sólo por ser socios sino porque el que le pega a su familia se arruina.

Les cuento una: hace varias semanas se efectuó una sesuda reunión en la cual un opositor candoroso propuso organizar una marcha a la Fiscalía, a la Contraloría y a la AN con fotos de los boliburgueses para exigir que se les investigara y castigara, pero cuando un entrépito malicioso y bien informado preguntó si entre esos boliburgueses se incluirían las fotos de fulano y zutano, cuyos apellidos se presumen opositores pero están haciendo con este gobierno los negocios que jamás soñaron, se clausuró abruptamente el tema y se pasó al siguiente punto de la agenda. La tragedia que padecemos en Venezuela fue lo que siempre trató de evitar y logró Rómulo Betancourt en su tiempo histórico, porque sabía que cuando los políticos se meten a empresarios y los empresarios se meten a políticos la democracia se fuñe.

Henry Ramos Allup / @hramosallup