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En los siempre aleccionadores rastreos historiográficos, he hallado poquísimas fotografías donde aparecieran los grandes líderes históricos sonriendo. Y uno lo comprende perfectamente, porque poco tenían de que reírse quienes por diversas circunstancias se vieron en trance de encarar y resolver las tragedias de sus países y de su tiempo. Fueron líderes que dieron la cara cuando no existía el marketing político ni la videopolítica, artificios que con el tiempo se convertirían en rectores de la política y los liderazgos, muy por encima de las ideologías, de los principios, de los programas y de los imperativos de los grandes y pequeños asuntos que el destino coloca sobre los hombros de los que tienen que resolver las crisis de las naciones.

 Churchill no reía ni lisonjeaba a los británicos cuando anunciaba «sangre, sudor y lágrimas» a la devastada Inglaterra sepultada bajo las bombas hitlerianas en la II Guerra Mundial. De Gaulle tampoco, cuando desde el exilio le exigía patriotismo a la Francia colaboracionista que había entregado su grandeza, su dignidad histórica, sus principios y sus mujeres al padrote teutón a cambio de una paz sin dignidad. Alcide De Gásperi no sonrió cuando la desesperada Italia de la posguerra lo sacó de la Biblioteca Vaticana para que recuperara un país sumergido en el caos y la cómoda desvergüenza de sus imposturas y acomodos ante los sucesivos invasores. Adenauer tampoco sonreía cuando tuvo que levantar a la Alemania destruida, desmoralizada y dividida, culpable por mil razones de haber hecho posible el horror nazi contra la humanidad. Rómulo no sonreía cuando tuvo que construir con votos y balas la democracia en un país como la atrasada Venezuela que prefería por atavismo histórico e irresponsabilidad ciudadana la vergonzante bota militar convertida en gobierno. Ninguno de ellos sonreía porque no tenían razones para hacerlo. Ninguno de ellos dijo a su pueblo las mentiras confortantes que quería escuchar sino las verdades amargas que tenía que conocer.

Después cambiaron las cosas, los modos y las modas. Pasaron los líderes adustos que decían verdades ingratas y llegaron los buscavotos que decían a la gente exactamente lo que quería escuchar así fuese malo o erróneo, candidatos que veían primero las encuestas dejándose llevar irresponsablemente por la corriente sin nadar nunca contra ella. No arriesgaban un solo sufragio sino que los atrapaban de cualquier manera. Posteriormente inventaron una paradójica política-antipolítica sin partidos y sin políticos, para terminar siendo ellos mismos lo que negaban.  El oficio ingrato de la política era un asunto tan importante que no podía dejarse en manos de los políticos de oficio;  observaron que resultaba mucho más fácil sumar adeptos y ganar elecciones, en vez de los políticos profesionales, con reinas de belleza, gente de la farándula, deportistas, empresarios exitosos, modistos y modelos, animadores de televisión, comunicadores sociales, cómicos, y con todo aquel que gozara de simpatía colectiva en razón de su oficio, la beautifull people siempre sonriente a quien la política repugnaba.  Si los políticos podían cualquiera podía – repetían – porque la política no es una ciencia sino un oficio muy sucio, salvo cuando la hacían los no políticos que presumían venir a su rescate. Aparecieron los Berlusconi y similares, los demagogos de todo pelaje, los asesores de imagen, la corbata propicia, el traje de ocasión, la sonrisa estereotipada, la gomina, el gesto calculado, la biografía truculenta, el discurso iconoclasta, el financiamiento patronal, la plutocracia extendiendo su voracidad de lo privado a lo público al descubrir que la política ejercida por ellos, por los candidatos de su estirpe o por otros enrolados en su nómina, podía ser el más lucrativo de los negocios.

De un tiempo para acá me percato de lo que una vez me dijo el Negro Encarnación Rivas, militante veterano y sabio de la base adeca, Conserje por mucho tiempo de la Casa Nacional de AD: «Mire, mijo, esta vaina se jodió: Los jefes comenzaron a reírse».