Si constituciones y constituyentes fueran la panacea, Venezuela sería uno de los países más adelantados del mundo. La constituyente es una institución propia del subdesarrollo y del tercermundismo y hay mecanismos más sencillos y menos riesgosos para recuperar la institucionalidad.

El 5 de agosto de 2012 en mi artículo El Silencio de las Abuelas me referí al tema de la constituyente y otras ideas estrafalarias que proponían por doquier managers de tribuna y opinadores de todo género y que la dirección opositora tenía que tragarse o rebatir delicadamente so riesgo de ser arrojada a la hoguera. Agregaba que muchas de esas propuestas le hacían el caldo gordo al gobierno y que dificultaban el de por sí complicadísimo rol de la MUD obligada a actuar en las complejidades propias de su heterogeneidad.

Una de esas propuestas asomaba la “necesidad” de una constituyente que se anunciaría en el momento mismo en que ganáramos las elecciones presidenciales del 7-10-2012, para, entre otras cosas, enderezar los entuertos de la constitución chavista y deshacernos de todas las instituciones públicas que por subordinadas al régimen perdedor harían imposible el desempeño del nuevo gobierno. Es decir, propondríamos una especie de replay del decreto Carmona pero con votos. Lamentablemente, perdimos esas elecciones, pero, al parecer, desde entonces hasta acá, no hemos aprendido mucho ni sacado experiencia de los yerros cometidos por andar a remolque de factores extrapolíticos y antipolíticos que insisten en hacer las cosas desde sus poltronas y conforme a sus intereses. Digo que uno no puede andar pelándole el diente a todo el mundo para conservar simpatías o popularidad. Una de las cosas que nos enseñaron los recios fundadores de lo que nos queda de democracia, es que los políticos tienen que arrugar la cara aun a costa de sacrificar votos.

Si constituciones y constituyentes fueran la panacea Haití, Venezuela y Bolivia, en ese mismo orden por el número de constituciones en el haber de cada cual, deberían ser los países más adelantados del mundo. Desde 1811 hemos tenido nada menos que 26 constituciones y alrededor de 92 actos constitucionales que las han modificado. Las constituciones que menos han durado han sido producto de constituyentes que los ganadores de elecciones o triunfadores de golpes de Estado le impusieron al país en momentos no de entendimientos sino de rupturas. La constitución que ha tenido vigencia por más tiempo, la de 1961 (llamada también “Puntofijista” por los defensores y detractores de los mejores 40 años de nuestra vida republicana que fueron los transcurridos entre 1958 y 1998), fue ampliamente discutida y aprobada por unanimidad en un momento de amplia concertación nacional y fue votada en el Congreso de la época hasta por el Partido Comunista que estaba en la oposición y poco tiempo después se marchó a las guerrillas, de las que regresó derrotado por balas y votos.

La constitución vigente es un traje a la medida del delirante Presidente Chávez, fue votada el 15 de diciembre de 1999 por sólo 3 de cada 10 electores con derecho a sufragio y a escasos ocho años de haber entrado en vigencia fue sometida por su dueño a sendos referendos modificatorios el 02-12-07 (negado) y el 15-02-09 (aprobado). La Asamblea Constituyente que hizo esa constitución fue electa mediante un avieso sistema electoral dictado mediante decreto presidencial y arrojó 126 constituyentes para el régimen y sólo 5 para la oposición, resultado groseramente desproporcionado con relación al total de votos obtenidos por los diversos candidatos, tal como lo admitió burlonamente el propio gobierno. Seguiré insistiendo, porque es lo que dicen la historia del mundo y la de aquí, que la constituyente es una institución propia del subdesarrollo y del tercermundismo y que de todas ellas se regresa al punto de partida. Adiciono que si en momentos de polarización es un mal mecanismo para aprobar o modificar una constitución, peor aún lo es para designar o destituir funcionarios públicos. Ni en la Biblia ni en la política se debe tumbar el templo para matar ratones. Hay mecanismos más sencillos y menos riesgosos para recuperar la institucionalidad y no voy a discutirlos por aquí porque los políticos no debemos andar de bocones publicando los planes de batalla antes de la guerra.

Se ha dicho que la propuesta de la constituyente dependería del resultado de las municipales del 8 de diciembre, y eso lo entiendo todavía menos. Debo repetir, guste o no, que nuestro mejor escenario que es el triunfo electoral, no es el único porque uno puede ganar o perder y cualquiera sea el resultado debemos ser muy prudentes para no dar municiones al adversario. Si ganamos, sumaremos otro logro frente a un contrincante herido pero no muerto que seguirá pataleando para mantenerse en el poder y ante el que tenemos que seguir pulseando en el día a día que supone la lucha entre fuerzas políticas contrapuestas. Si ganamos, promover una constituyente sería una inyección de vitamina política para la recuperación del chavismo recién derrotado. ¿Alguien se ha paseado, además, por el calvario que supondría para la oposición convocar una constituyente (recolección de firmas, lista Tascón, CNE) mientras que el gobierno lo podría hacer por decreto a la medida como ya lo hizo Chávez en 1998? Y en el caso que perdamos, quedaríamos desarmados con nuestra propia propuesta cuando nos tomen la palabra y cierren definitivamente los pocos resquicios democráticos que quedan en ésta constitución, despropósito que no pudieron lograr en el referéndum del 2007. Algo de eso dijo el heredero Maduro. En este indeseable caso, los que andan tejiendo sogas y levantando cadalsos serán los primeros en correr. Y para los que piensen que hay una contradicción entre la crítica a la constitución chavista y el rechazo a una eventual constituyente para modificarla o para ponerle correctivo a las instituciones, respondo que sea cual sea el escenario entre males y peligros habrá de preferirse el menor. Hago referencia a todos estos interesantes temas, igual a como lo han hecho de muy buena fe otros compañeros opositores, aunque todavía no se hubiesen abordado en la MUD.

Henry Ramos Allup

Secretario General Nacional de AD

Artículo publicado en el Diario El Nuevo País