El proyecto de Chávez, en base a una “ideología” vagarosa, nos hizo más dependientes de lo que jamás fuimos, acabó con la independencia en todos los sentidos, y destruyó una Democracia que era la envidia de Latinoamérica.

Nadie en su sano juicio puede tener ánimo de aliviar a los inexcusables sucesores de Chávez que creyeron haber heredado un fortunón y a la hora de abrir la sucesión se han dado cuenta que sólo han recibido un montón de basura. Y esto lo digo porque a pesar de que conocen el embarque que les echó el gigante, están conscientes de la falta de méritos propios y perseveran en alimentar un culto que la dramática cotidianidad se está encargando de espichar con la velocidad del rayo.

La peor de las tragedias que Chávez arrojó sobre este país es la de habernos envenenado el alma, sacando de cada uno de nosotros lo peor que teníamos por dentro para convertirnos en un país de enemigos divididos en dos toletes irreconciliables. Y eso no lo hizo como el taimado que en el momento de su apoteosis viene a cobrar viejas cuentas y  agravios acumulados desde su infancia de niño pobre, envidioso y acomplejado, sino a conciencia del rendimiento político que históricamente ha dado el enfrentar a sectores sociales dispares en el que resulta relativamente fácil convencer al uno de que su inferioridad, rezago o desventaja depende exactamente de la superioridad del otro. Ese argumento funciona como autoexcusa y justificación porque permite a cada cual decir que la culpa de lo que le ocurre no es suya sino de otros y que a no ser por eso hubiera dado cauce a toda su potencialidad.

Esa fue la sustancia del proyecto Chávez, una copia de las maldades de otros porque ni siquiera en esto fue original. Mussolini lo hizo valiéndose de las clases medias y los campesinos provincianos en nombre del Risorgimiento de una Italia que, según decían, había perdido la grandeza de los césares por las divisiones que alimentaban el Vaticano y las oligarquías, y así se fue a librar su guerra africana de la que sólo pudo librarse cuando los disciplinados alemanes vinieron en su ayuda ante los diminutos abisinios que con palos y piedras estuvieron a punto de arrojar al océano aquel ejército de fanfarrones. Hitler lo hizo en nombre de la pureza racial, y eso le permitió no solo exterminar a los judios que según él la contaminaban, sino también a sus enemigos socialdemócratas, comunistas, centristas, liberales, cristianodemócratas o simplemente antinazis. Con ese ardid también extendió el imperio teutónico para expoliar metódicamente a los países vecinos y costear su guerra demencial, hasta que híbridos de todos los colores, eslavos, mongoles, rusos, armenios, latinos y un negraje norteamericano hicieron lo que siempre hacen los vencedores que consideran botín de guerra los corotos y las mujeres de los vencidos y sembraron en millares de vientres arios la cimiente de los pueblos “inferiores”, pagando el servicio con barras de chocolate y carne de buey enlatada. Stalin lo hizo en nombre de una clase social y estableció su dictadura unipersonal llamándola “del proletariado”, y eso le permitió someter más a Rusia y a millones de atrasados a una esclavitud mucho peor de lo que hizo el más sanguinario de los zares. Todos esos imperios, concebidos para durar mil años, sucumbieron apenas transcurrida una pizca histórica.

Pero el proyecto de Chávez resultó no sólo trágico sino también cómico, que en política viene a ser lo peor. Copiando todo lo que de autocrático, mesiánico, autoritario, megalomaníaco y militarista tuvieron sus inspiradores, este Ángel redentor destruyó todo y no creó nada, deformó en vez de formar, arruinó el país, eliminó las instituciones, subordinó todos los poderes a sus caprichos, acabó con la economía, con el trabajo, con la producción, con la enorme infraestructura que construyó la democracia venezolana para envidia de toda Latinoamérica, pulverizó la moneda, desató una espantosa inflación, provocó desabastecimiento y carestía. En base a una “ideología” vagarosa, en medio de fanfarrias y de un nacionalismo trompetero, nos hizo más dependientes de lo que jamás fuimos, acabó con la independencia en todos los sentidos, fue el servidor de una invasión que la Democracia había derrotado en las décadas del 60 y el 70 con balas y con votos. Pretendió una hegemonía milenaria que apenas duró 14 años y si bien no le ganó la política, Natura se encargó de demostrarle que no era sino un cualquiera. Tan envanecido y envilecido fue, que ni un suplente dejó que fuese capaz de alimentar por un rato el culto a su memoria que a tan poco tiempo de su deceso genera mares de imprecaciones y cada vez menos afectos. Pero aun cuenta con ciegos que con el pretexto del “chavismo” se aferran agónicamente al poder, ya no por devoción sino por conveniencia, porque saben el precio que pagarán cuando lo pierdan o se lo quiten. Porque eso sí, conocen las venganzas de los pueblos cuando los déspotas se caen.

Henry Ramos Allup

Secretario General  Nacional de AD

Artículo publicado en el Diario El Nuevo País  19-5-13