Quiero aprovechar la excusa del aniversario del natalicio de Rómulo Betancourt, ocurrido el pasado viernes 22 de febrero, para conversar un poco más sobre la importancia de la obra del ex presidente venezolano.

En este caso, pretendo retomar el tema del legado democrático de Betancourt. Y es que el esquema democrático en el pensamiento betancouriano es muy rico. No en vano, muchos lo recuerdan como el “padre de la democracia”.

Betancourt sustentó sus luchas por la democracia con base en dos consignas fundamentales: la defensa del voto directo, universal y secreto y la formación de un movimiento de masas que aglutine a obreros e industriales medianos y pequeños.

Los cambios que transforman el escenario nacional tras la muerte de Juan Vicente Gómez son el resultado de un conflicto participativo entre las élites de la inteligencia política que insurge en la voz de los partidos políticos y las viejas oligarquías surgidas bajo la sombra de la época andina en el poder.

Luego, es la iniciativa de estos grupos de la inteligencia política, dirigidos definitivamente por Betancourt, que se atreve a formular ideas que luego adquirieron reputación pública capaz de cambiar conductas y actitudes. Es Betancourt el primero que le dice al pueblo que es soberano, que es el verdadero detentador del poder y que se lo entrega temporalmente a alguien para que lo administre. Betancourt les enseña a los venezolanos –campesinos y obreros que no tenían conciencia de su poderío como fuerza social- que el poder no es del presidente, que este es apenas un instrumento del pueblo. Recordemos que hasta 1948, ningún presidente había llegado al poder mediante elecciones libres y directas. Bien lo dijo el 13 de febrero de 1956 ante el Congreso: “Los gobernantes no son sino mandatarios de los pueblos”.

La igualdad participativa, la incorporación de todos los ciudadanos al derecho a elegir a sus gobernantes de manera directa sería en Venezuela, después de Betancourt, no una aspiración política sino una conquista que estimulará la lucha por auspiciar otras iniciativas de reformas sociales.

Rómulo fue un soñador y un romántico que creía en la magia de la democracia. Con devoción creyó que la democracia, como sistema político, era la única estrategia capaz de ordenar civilizadamente a la sociedad venezolana, de impulsar su desarrollo y de rectificar las desviaciones morales con su capacidad permanente de perfeccionarse.

Nunca he leído nada al respecto, pero estoy seguro que Betancourt no estaba de acuerdo con Winston Churchill cuando dijo que la democracia era el menos malo de los sistemas políticos. Creo que Betancourt hubiese dicho que la democracia es el mejor de esos sistemas, no el menos malo, porque verdaderamente creía en ella. De ahí que Betancourt, en un discurso en San Cristóbal, el 7 de abril de 1961, dijera que “…era una tarea fundamental de patria aprender la democracia como el único medio decente de vivir, de practicarla como una virtud esencial del hombre, de ejercerla para beneficio y común enaltecimiento de todos cuantos nos acogemos a su regazo generoso”. El venezolano sabe, con Betancourt, que el poder reside en el pueblo, que es la concepción ideal de la democracia.

Giovanni Sartori dijo en uno de sus muchos libros, que las revoluciones son sublevaciones desde abajo, pero guiadas por un proyecto y por ideales que transforman no solo el sistema político sino también el económico y social para el bien común. Por ello, la única revolución que de verdad ha tenido Venezuela en los últimos sesenta años, es la que trajo consigo Betancourt. Las tiranías de 1948 a 1958 y la de 1999 a la actualidad, solo han usado los conceptos de Betancourt para fines personalistas y egoístas. El concepto de democracia de Betancourt sigue siendo único e indestructible.

Manuel Rojas Pérez

Responsable Nacional de Capacitación y Doctrina de AD