Américo Vespucio -cuentan así quienes nos relatan la historia desde nuestro “avistamiento”- al venir a América y entrar por el lago de Maracaibo, los palafitos de nuestros aborígenes -prefiero designarles así, y no “indios”, pues América no era la India que ellos buscaban para hacer comercio- le trajeron a su recuerdo las lejanas tierras de Venecia y, de ahí, llamaría a nuestra patria, “Venezuela, pequeña Venecia”.

Poco más tarde será Colón, quien en el Golfo de Paria, al ver la inmensidad de las aguas del Orinoco nos reconoció como una “Tierra de Gracia”, un nuevo “Paraíso Terrenal”.

Hay que ver que  ha corrido agua por el Orinoco desde esa época y, a lo que fuimos o pudimos ser, han venido contribuyendo, en pro o en contra, las generaciones de cada momento.

Pero no hace falta ir muy atrás. Esta “robolución bonita”, que “con bombos y platillos” a finales del siglo XX prometió ser “el socialismo del siglo XXI” terminó sucumbiendo ante la fase más cruel, más inmoral y antipopular del capitalismo, ni más ni menos que la articulación de Venezuela dentro del capitalismo monopólico financiero internacional, una, muy bien definida por Juan Pablo II, etapa de capitalismo salvaje, donde la “persona humana” juega ninguno a casi ningún papel, pues el interés está en la redituación del capital por el mismo capital: dinero, haciendo dinero. Esa es la explicación del porqué del aumento de la banca pública local y la creación de bancos regionales, que ya no buscan ser instituciones de apoyo al desarrollo, sino instituciones eminentemente financieras para colocar bonos sin ningún valor concreto, subsidios clientelistas y actitudes paternalistas de Estados asociados en la búsqueda de la falsa “dizque solidaridad de los pueblos” latinoamericanos.

Los pueblos no son solidarios desde los gobiernos, ni la generosidad de los magnates de turno puede pretender “quitar el pan de la boca” del país “A” en función de las necesidades del país “D”.

Esta generosidad con lo ajeno, este desprendimiento con lo que no nos es propio construye las bases del modelo de Estado con el que nos encontramos en 2013, tras 14 años de desaciertos, politiquería y destrucción de la infraestructura básica para crecer y convertirnos en un eje real de desarrollo regional junto a otros países del continente; y no para convertir a funcionarios y ad-láteres en los nuevos ricos y la nueva clase burguesa del país y el continente.

Ante esta triste realidad, vemos con ingenuidad, y quizá con nostalgia, esa primera visión de quienes avistaron nuestras tierras. ¡Qué desgracia esta tierra de gracia! Venezuela ha sido como una mujer de la vida, con quien todo el que llega quiere acostarse. Se aprovecha de sus mejores años y luego, la desecha. Así son los gobiernos de turno, y el actual no ha sido distinto.

El reto de las generaciones políticas actuales, de los partidos de la Unidad Democrática y del Gobierno Nacional está de cara a las nuevas generaciones de venezolanos… ¿podrán esas nuevas generaciones ver a nuestra patria como una “tierra de oportunidades y gracias”? o será un campo minado de retos y desafíos inusitados… Toca a los actores político-sociales la palabra.

Rafael Martínez Nestares

Artículo publicado en www.eluniversal.com