Vivimos en una sociedad marcada por el asombro.  Los medios de comunicación social a través de las imágenes vívidas de los acontecimientos cotidianos nos mantienen en un mundo sensitivo, que nos transporta mediante éstas a los estados humanos más primitivos. En una sociedad del éxito, de la riqueza, del desenfreno; la muerte y la adultez mayor o la ancianidad suelen ser un estorbo. El camino por donde se nos enseña a transitar está orientado a escalar posiciones, a conservar espacios, a acumular riqueza y poder. Es por ello que valores como la belleza, la riqueza y el poder nunca ceden espacio a la normalidad, la pobreza y la sencillez.

Es quizá por esto que –con sorpresa– el mundo recibió la noticia de la renuncia de Su Santidad Benedicto XVI, quien la haría efectiva a partir del 28 de febrero de 2013, a las 8 pm, hora local de Roma. Aun más asombroso que, en pleno uso de sus facultades, en el marco del Consistorio, frente a los cardenales, con serenidad humana y de espíritu, anunció su decisión de separarse del cargo por “falta de fuerzas”.

En el mundo moderno, de la competencia y el desenfreno, de la viveza y el acomodamiento político y económico, una noticia de esta envergadura llama poderosamente a la reflexión.

En Venezuela, que vivimos un momento histórico de dificultades económicas y de desasosiego político desde la partida a Cuba del presidente Chávez por condiciones de salud. Si bien es cierto que, su alocución televisiva –suerte de despedida y “pase del testigo” a su sucesor,  Maduro–  constituyó un hito en la historia reciente venezolana, se ha visto empañada por una ausencia de sentido histórico y por las carencias políticas de un grupete de ciudadanos que pretenden, desde la ilegitimidad, hacer uso del poder para perpetuarse y enriquecerse, empobreciendo al resto de sus conciudadanos. Un gobierno ilegítimo, montado sobre la mentira y la usurpación, es todo lo contrario a este gesto de “desprendimiento desde el amor” del cual hemos sido testigos tras la renuncia de Benedicto XVI; y por qué no, tras la alocución televisiva del presidente Hugo Chávez, quien manifestó “que si por alguna circunstancia que él quedase inhabilitado o incapacitado para ejercer la presidencia” hicieran algo distinto a lo que vienen haciendo quienes ilegítimamente ostentan el poder en Venezuela.

La grandeza histórica y la calidad moral y de espíritu; el profundo amor por Venezuela y sus compatriotas, no se muestra con la usurpación. El desprendimiento y la grandeza de espíritu son la base fundamental para el pase a la historia.

Aprendamos con amor y comprensión de la enseñanza del Papa Benedicto XVI, quien desde la cima del poder de la Iglesia Católica con millones de feligreses, se separa del cargo de Pontífice para permitir a la Iglesia “aggiornarse” pues él –según manifestó– no tiene fuerzas para seguir ejerciendo su cargo y su servicio.

Dios quiera que, en Venezuela, y en Latinoamérica –muy dada a militares de inclinación “mesiánica” – captemos e internalicemos este tan sencillo pero gigante gesto de humildad, la renuncia por “no tener fuerzas” antes que continuar en la mentira y la ilegitimidad que producen el fracaso histórico de quienes tendrán un día que confrontarse con el tribunal de la historia, si no, con el Tribunal del cielo.

Rafael Martínez Nestares

Artículo publicado en www.el universal.com 13-2-13