Por segunda vez seguida en nuestra historia reciente, un proceso electoral amanece con ciudades  sumergidas en un profundo silencio. La postura de Capriles y de la MUD ante los resultados electorales tan pequeños y cuestionados abre una nueva crisis institucional. La evidencia es irrebatible: tenemos un país que,  lejos de ser ganado por la revolución, vuelve a demostrar  su voluntad inquebrantable de rechazo a la imposición de un modelo de estado y de gobierno que no nos calza.

El CNE está en el ojo del huracán. El  muy defendido sistema de automatización muestra su principal falla: el voto es virtual y sus resultados nunca son entregados con celeridad en el tiempo. Hay una falla humana, enorme, visible. Lo ocurrido el 14-A muestra también las costuras en el proceso electoral. El árbitro siempre está de parte del régimen, ha sido incapaz de poner orden en la campaña y frenar la acción de una de las partes, favoreciendo al final el ventajismo. Defendieron más el sistema que al elector, que es el centro del proceso. Su propia composición muestra la falla de origen.

Ha fallado también el Plan República. Por primera vez en muchos años hubo más elementos de seguridad en las calles, pero fueron incapaces de aplicar la ley. No hicieron respetar el perímetro de seguridad, la campaña abierta, el porte de armas, el hecho de que grupos armados penetraran los centros de votación para amenazar a miembros de mesa y testigos, o  que los motorizados armados amedrentaran a los votantes.  Todo eso ocurrió frente al  “despliegue militar”.  Caracas fue tomada todo el día por los motorizados sin que se les pusiera coto alguno. Que en su reporte final el jefe del CEOFANB, Mayor General Wilmer Barrientos, haya enfatizado como muestra de la seguridad la detención de 43 personas por supuestos de delitos electorales, es un asunto ínfimo comparado con los desmanes de la maquinaria chavista  con sus motorizados.

El acompañamiento internacional tiene una papa caliente. No puede decir que el proceso fue prístino, las pruebas de las irregularidades son contundentes. Que los países a esta hora no hayan reconocido los resultados, excepto por los sospechosos habituales  (como la película de culto de 1995 escrita por Christopher McQuarrie, dirigida por Bryan Singer, con Kevin Spacey) es sintomático. De mantenerse el veredicto del CNE, será una victoria con un lunar, pero grande y feo.

Maduro, y la directiva del PSUV, han dilapidado un inmenso capital político en algo menos de 30 días. La idea sembrada en una gran parte de la población de una “revolución”, de la dignidad, de la igualdad, han pasado a la duda razonable. Eso es el resultado de la desaparición física de Chávez y su proyecto personalista de acumulación de poder, constituido por puros subalternos quienes se mueven por subsistencia y no por construcción, de allí el ventajismo abierto y el uso de la violencia en el proceso electoral.  Maduro no solo fue un mal candidato, muestra una tremenda desubicación política. Diosdado Cabello exigió una “profunda autocrítica”, en su cuenta de twitter ha expresado que “es contradictorio que sectores del pueblo pobre voten por sus explotadores de siempre”. Cabello llamó a buscar “nuestras fallas hasta debajo de las piedras”, pues “…no podemos poner en peligro a la patria ni el legado de nuestro Comandante”. El chavismo, y en especial el PSUV, lucen en este momento como un gigante con pies de barro.

También a las FANB les toca reflexionar, como actor que ha tenido preponderancia en el régimen que empezó siendo civil y termino siendo militarista. Tendrán que evaluar la indignación que en este momento tiene un gran porcentaje de la población y de un régimen cuyo componente humano será crítico. Si han respetado al chavismo como una mayoría expresada en otros procesos electorales, deben ahora  revisar la visión de un país que acaba de demostrar, `por mucho, que está en contra del régimen: una mitad del país tan grande, tan firme,  que les obliga a verlos con reconocimiento y respeto.

En septiembre de 2010 escribimos un artículo denominado  “Dónde está la victoria”. Repetimos el último párrafo de aquél escrito: “La oposición se enfrenta a un contrincante formidable por su tamaño ―el partido-Estado―, por la tremenda concentración de poder institucional, de recursos financieros, por el uso y del abuso de la infraestructura gubernamental (ministerios, gobernaciones, alcaldías, vehículos gubernamentales, funcionarios públicos, unos tarifados, otros obligados). Sin embargo, ese país que se resiste sigue allí. No es cuestión de una batalla decisiva, que tampoco es cualquier cosa, sino de un paso muy importante hacia el cambio democrático. Las batallas decisivas son el resultado de procesos. Lo que mostrará el 26S en la noche es la voluntad humana, la voluntad de mantenerse, de decir estoy aquí, sigo aquí. Lo que veremos será la voluntad humana de resistir y seguir enfrentando desafíos. De esos saben los militares y de eso saben los políticos…”.

Este 15-A, la población venezolana, que ha mantenido una voluntad férrea de mantener su posición crítica, después del anuncio de los resultados, está pasando del desconcierto a la indignación…  y de allí, a la movilización popular, solo hay un paso.