La política es sumamente vieja, lo cual no significa que sea apriorísticamente mala o buena, como tampoco lo es la cacareada “nueva política”, tema tan arcano y difuso como el socialismo del siglo XXI.

Desde tiempos remotos (entre 600 a 700 años antes de Cristo), se hacía política, se hablaba y escribía sobre ella, y desde entonces esa práctica inexacta e impredecible no ha cesado de transitar impertérrita hasta nuestros días.

El término “política” es posterior al ejercicio, pues comenzó a emplearse a partir del siglo V A.C. para definirlo que se venía haciendo innominadamente. Entre los primeros y más eminentes “políticos” son memorables los Siete Sabios de Grecia ( Cleóbulo, Solón, Quilón, Blas, Tales, Pitaco y Periandro), luego Sócrates (el de los diálogos), Platón (autor de La República, de la Política y las Leyes y la categorización de las formas de Estado), posteriormente Aristóteles (la Constitución de los Atenienses y La Política con sus célebres seis formas de gobierno).

Después de los clásicos, muchos pensadores dedicaron sus reflexiones a la política y temas conexos, como los geniales escritores de La Patrística y La Escolástica, de los cuales San Agustín y Santo Tomás son los más eminentes; también los brillantes jesuitas dé la Escuela de Salamanca (Belarmino, Vitoria, Mariana, Suárez, Molina, Vives, Fonseca), y pensadores renacentistas como Nicolás Maquiavelo y Erasmo de Rotterdam. Después Grocio, Hobbes, Pufendorí, Locke y Adam Smith. Sus obras sobre política han trascendido para ilustración de la posteridad, así como para la intelección del pensamiento civilizado. Políticos también fueron monarcas, soldados y ciudadanos de a pie.

La política existía empíricamente mucho antes que se advirtiera su importancia como para que se convirtiera en disciplina académica estudiada sistemáticamente en las universidades, conjuntamente con otras ciencias sociales. También existía, obviamente, antes de que aparecieran dentistas, profesores, encuestadores, asesores, especialistas en marketing y demás auxiliares e instrumentos para su aplicación. En resumen, la política es sumamente vieja, lo cual no significa que sea apriorísticamente mala o buena, como tampoco lo es la cacareada “nueva política”, tema tan arcano y difuso como el socialismo del siglo XXI. La política es política a secas.

Otra “vieja” sumamente influyente y eficaz, aunque un poco menos “vieja” que la política, es la Santa Madre Iglesia, que cuenta dos mil y pico de años y se mantiene incólume y vigorosa sin que ninguna nueva institución pueda abatirla. De política ella sabe mucho y siempre la ha ejercitado magistralmente. Serpenteó entre guerras, persecuciones, monarcas y dinastías, y sobrevivió a todas. A simple vista puede parecer muy antidemocrática, pues cuenta no sólo con cánones, autoridades y disciplina rigurosos, sino también con procedimientos expeditivos e inapelables que sus concilios ajustan cada cierto tiempo para poner coto a modas, frivolidades, demagogias, bisoñerías y perturbaciones disolventes. Elige su jefe infalible y vitalicio en un reducido cónclave de venerables cardenales, no hace elecciones primarias en el vasto mundo de la cristiandad y no pueden optar a la candidatura ni monaguillos ni curas ni fieles del común.

Fue Carlos Blanco quien reveló el uso vernáculo del término “vieja política” en su artículo en El Universal del 21-10-12 (“Viejos y Radicales”). Dice que fue Guillermo García Ponce quien empleó la expresión en el diario oficialista VEA. Blanco señala que: “La ‘vieja política’ ha sido el nombre-código para referirse a AD, Copei y en menor medida al MAS y otros grupos de los que el chavismo denomina la IV República”. El apelativo fue plagiado por algunos opositores acomplejados que se tragaron completa la discursiva oficialista y la repitieron sistemáticamente sin que nadie se los creyera porque se trataba de bocas impostoras fortaleciendo inconscientemente el discurso del Gobierno.

Otro tema conexionado es la mazamorra piche del relevo generacional, considerándolo como panacea del éxito político, argumento de acuñación fascista tan estulto e ignaro como sería asegurar que un flaco lo haría mejor que un gordo, una persona de gran estatura mejor que uno de poca, un rubio mejor que un negro, un hombre mejor que una mujer, o a la inversa. En los momentos de sus mayores dificultades Inglaterra, Francia, Italia y Alemania recurrieron a “viejos” como Churchill, De Gaulle, De Gásperi o Adenauer (casualmente apodado Der Alte, “El Viejo”), para superar sus calamidades sin reparar en ningún caso en sus características etéreas, estéticas o físicas. No tomaron en cuenta los músculos sino el cerebro.

El joven Roberto Enríquez, Presidente de Copei, escribió el pasado domingo en El Nuevo País (Cabeza fría y corazón ardiente) que el asunto no es de vieja o nueva política sino de buena o mala política. Buena o mala política pueden ser tanto la vieja como la nueva y sus protagonistas para bien o para mal pueden ser de cualquier generación, de cualquier característica física o de cualquier clase social.

 

Henry Ramos Allup

Secretario General Nacional de AD

Artículo publicado en el Nuevo País 28-10-12