El diálogo de los últimos días, los puentes desde los sectores de la Iglesia católica, el papel de los parlamentos regionales, la presión internacional sobre la necesidad democrática de los países y no la ficción, hacen del momento actual un espacio de reflexión particular: la violencia comienza, pero nadie sabe dónde acaba. Por ello, apostar a la paz y al diálogo, lejos de “hacer perder” a quien lo ejerce, le “sube de lote”, le da estatura política, le permite gobernar.

La triste historia de Nicaragua y Colombia, por citar dos ejemplos, con guerras y guerrillas que sumieron en la pobreza, en la tristeza, en la muerte, por decenas de años a sus pueblos en busca del control de nada; son aún fiel recuerdo de que la vida humana, la vida de los pueblos, es incontrolable y la historia tampoco.

Gran compromiso toca a la Unidad Democrática junto al gobierno nacional: construir una posibilidad de país.

Entre la múltiples alternativas que daban los más radicales, la sensatez –al menos por ahora- ha prevalecido entre quienes pretenden, de uno y otro lado, conducir los destinos de Venezuela. Sí, de uno y otro lado. El diálogo pasa, por el reconocimiento del otro. Y en el otro, reconocerse a sí mismo. Es este complejo proceso el que está permitiendo –a mi juicio- abrir las puertas a un nuevo momento histórico del país, probablemente, a una Venezuela mejor y más justa, donde el poder político no se comparte, sino que se distribuye de conformidad con lo que el pueblo soberano determina en las urnas electorales.

Este proceso de diálogo venezolano –que en nada emula a los de Colombia y Centroamérica en los años ochenta- pero sí se anticipa, en algo, al dolor y las penurias que aquellos pueblos vivieron en esas década perdidas de guerras y atropellos, de violación a los derechos humanos y a los valores fundamentales de la familia, de género, de la infancia… en fin, un total y continuado estado de supresión del amor, por “desconocimiento del otro”.

Toca construir, al Gobierno y a la unidad democrática, junto a sus líderes, a sus partidos políticos, a sus organizaciones no gubernamentales, un país que espera resolver sus problemas fundamentales: viviendas dignas y en situación de “cero riesgo”, no más barriadas insalubres, sin servicios y en lugares inestables, por mencionar uno.

Cada vez que hacemos un metrocable “enterramos” en el cerro a otro venezolano. Debiéramos iniciar los acuerdos –sumado al reconocimiento del otro, en cuanto actor político- con la propuesta de la erradicación total de las viviendas en barriadas,  desde el 2013 al 2030, año del bicentenario de la desaparición física del Libertador de las Américas, Simón Bolívar. Sería un gran aporte a la construcción de la patria. Un proyecto conjunto a desarrollar por nuestros alcaldes –que debemos elegir en breve-, nuestros gobernadores y el gobierno nacional, junto a la unidad democrática. Digo nuestros, por en el diálogo y el reconocimiento, las autoridades locales, regionales y nacionales pasa a ser los poderes del Estado elegidos por el pueblo, al margen de los reparos que pudieren tenerse.

“Los pobres estarán siempre entre ustedes” (Mc, 14, 7), esta frase, tomada del Evangelio y que usamos para el presente articulo, debe abrir los corazones y las mentes de todos. Presidente Maduro, su compromiso como civil y comandante en jefe es muy grande. La transición hacia una nueva Venezuela es posible en el reconocimiento del otro: los pobres, los desvalidos, los niños, las mujeres, los ancianos… en el que piensa y opina distinto… La verdad se construye entre todos, no basta ver a los míos… La unidad democrática, sus líderes y partidos, están dando una lección de patria, que se valorará aún más, con el tiempo… ¡toca su palabra y acción, presidente Maduro!

Rafael Martínez Nestares

Artículo publicado originalmente en www.eluniversal.com