Para el cierre del 2016 la población de Venezuela se calcula alcanzó los 31,6 millones de habitantes. Estudios recientes de opinión muestran que cerca del 90 % de los connacionales califican negativamente la situación actual del país y más del 80 % atribuyen la responsabilidad de tal al gobierno de Nicolás Maduro manifestándose de acuerdo una gran mayoría en que este debe concluir su mandato presidencial anticipadamente. Vale decir unos 28 millones de venezolanos perciben negativamente la situación actual del país y unos 25 millones responsabilizan al presidente inclinándose a que se marche.

Más allá de las encuestas, nadie en su sano juicio niega que padecemos la mayor crisis en nuestra historia como república entendiéndose, salvo los más fanáticos, que es el resultado del empeño de implantar un modelo fracasado una y otra vez así como de una burocracia incapaz, insensible y corrupta.

Las quejas son la constante de este tiempo; nos quejamos de la inseguridad, de las colas, del desabastecimiento, de la escasez de medicinas, de los cortes eléctricos y de agua, del aseo urbano que no recogen, de los huecos en las calles, de los hospitales que no funcionan, del dinero que no alcanza. Las quejas van y vienen y si bien hay muchas recurrentes surgen nuevas cuando pareciera que ya no hay más de que quejarse: no se consigue gas es la de ahora y si a la vecina que permitió calentar la comida en los últimos días se le terminó también toca cocinar con leña como alguna vez lo hicieron las abuelas.

Pero muchos solo se quejan.

No hay cifras exactas pero algunos estiman que somos entre 200 mil y 300 mil los venezolanos que desde hace ya más de dos meses resolvimos dejar de solo quejarnos y nos fuimos a la calle a promover el cambio que se requiere para que el mañana sea distinto. 28 millones de venezolanos se quejan porque el país está mal, 25 millones se quejan porque el gobierno es malo, pero poco o nada hacen para que sea diferente y dejan en manos de una vanguardia la tarea de construir una nueva nación. Se quejan empresarios y comerciantes porque el trabajo de años y el legado de los suyos se pierde aceleradamente. Se quejan los funcionarios públicos porque las convenciones colectivas están vencidas, los salarios son de hambre y los beneficios se esfuman.

Se quejan en los barrios porque el CLAP no llega y peor aún porque más de un pícaro de franela roja les cobró por adelantado la bolsa y se perdió con los reales.

Se quejan en las farmacias porque no consiguen el medicamento que requieren con urgencia. Se quejan cuando a plena luz les asaltan, les arrebatan lo poco que tienen y en tantos casos la queja troca en llanto cuando es la vida de un ser querido lo que el hampa se lleva. Quejarse no es suficiente.

Dejar en miles lo que deben hacer millones es inaceptable en este tiempo de definiciones. Es ahora o nuca. A los millones de indiferentes que solo se quejan les llegó el momento de meter el hombro, de poner lo mejor de sí, para que Venezuela sea otra.

No se puede ser indiferente ante el drama común. En palabras que coreamos todos los días: “Pueblo, escucha y únete a la lucha”.