Nelson Mandela nació en Mvezo, Unión de Sudáfrica, el 18 de julio de 1918 y comenzó, desde su más temprana edad, a luchar por la liberación de su pueblo de uno de los regímenes más oprobiosos de la historia de la humanidad: el apartheid, que impuso una minoría blanca racista y, consecuencialmente, segregacionista durante décadas a Sudáfrica.

Mandela, en sus primeros tiempos, no tuvo otra alternativa frente a los oídos sordos del gobierno sudafricano racista que asumir la lucha armada para abrirle camino a sus ideas de igualdad racial. Esa actitud y decisión políticas fue lo que hizo que el régimen de apartheid lo condenara cuando Mandiba contaba 45 años de edad, a cadena perpetua. Durante sus 27 años en prisión estuvo sometido a toda clase de presiones para que desistiera de la decisión de luchar y le propusieron en múltiples ocasiones su libertad a cambio de negociar prebendas con el régimen. Ese régimen siempre se encontró con la más decidida actitud de no claudicación por parte de Mandela. El sabía que tarde o temprano sus ideas de reconciliación nacional triunfarían y su libertad dependía de ello.

Fue en la ocasión que el régimen le ofrecía conversar cuando se crece aún más la figura indoblegable de este gran hombre, al responderle a sus carceleros que él no podía dialogar mientras estuviera preso y su interlocutor en libertad: “un hombre privado de libertad no puede negociar nada con nadie que no esté preso” fue la respuesta de Mandiba al gobierno. Sólo 27 años después de su cautiverio fue cuando el régimen acordó liberarlo, porque la presión interna de todo un pueblo y la solidaridad internacional apretaban al régimen con un gigantesco alicate que hacía impostergable su liberación.

Ahora bien, ¿por qué debe servir el ejemplo de Nelson Mandela a este gobierno? Por varias razones, la primera de ellas es que un hombre que pasó 27 años de su existencia entre rejas, una vez liberado, salió de la cárcel sin odios ni sentido de revancha hacia sus captores y carceleros, sino que por el contrario salió de la Isla donde estaba preso a predicar la reconciliación de todo su pueblo sin discriminar a nadie por el color de su piel ni por su ideología. Y la lista Tascón o la Maisanta fueron, en su momento, dos íconos de una forma de apartheid ideológico que este gobierno tiene la imperiosa necesidad de rectificar si no quiere ser condenado a perpetuidad por esa atroz discriminación que ejecutaron el tristemente recordado Luis Tascón y el señor Ismael García, éste último acusado por Diego Arria, en la Corte Penal Internacional, por esa decisión de constituir un apartheid político en Venezuela.

La segunda razón por la que este gobierno debe imitar a Mandela, en su espíritu de reconciliación nacional, es iniciar el camino hacia el reencuentro de todos los venezolanos permitiendo la libertad de los presos políticos y el retorno de los exiliados que están fuera de su patria, por razones de diversidad y confrontación política e ideológica con el régimen chavista.

También debería imitar este gobierno a Mandela en su empeño por desarrollar a Sudáfrica sin cartabones ideológicos dogmáticos, sino que, entendiendo que la fórmula para que un país progrese, demostrado históricamente, no es con un libre mercado dejándolo gobernar a sus anchas la economía, pero tampoco un Estado omnipotente que  quiere abarcarlo todo. Nelson Mandela fue un socialdemócrata a carta cabal, este gobierno debería corregir su rumbo para que se imponga el sentido común y pueda desarrollar una política verdaderamente de justicia social, pero para conseguirlo es menester permitir el desarrollo de las fuerzas productivas, que es la única menara de hacer progresar a nuestro pueblo.

Si este gobierno imitara a Mandela aunque fuese en estos tres aspectos contaría con la solidaridad de todo el pueblo venezolano. Entonces, ¿por qué el empeño de hacer todo lo contrario de este líder mundial, quien se ganó el cariño y el aprecio de todos los pueblos del mundo por hacer lo que  ordena el que parece ser, en Venezuela, el menos común de los sentidos…el sentido común?

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@EcarriB    / Antonio Ecarri Bolívar