Una de las ventajas de no ser feliz es que se puede desear la felicidad

Miguel de Unamuno

Definir la felicidad es algo difícil. Seguramente sea una de las definiciones más controvertidas y complicadas. El ser humano ha tendido siempre a perseguir la felicidad como una meta o un fin, como un estado de bienestar ideal y permanente al que llegar. Sin embargo, parece ser que la felicidad se compone de pequeños momentos, de detalles vividos en el día a día, y quizá su principal característica sea la futilidad, su capacidad de aparecer y desaparecer de forma constante a lo largo de nuestras vidas.

Otra de las controversias en torno a este tema es dónde buscar la felicidad, si en acontecimientos externos y materiales o en nuestro interior, en nuestras propias disposiciones internas. Por esta razón, y desde un punto de vista psicológico, el estudio del bienestar subjetivo parece preferible al abordaje de la felicidad. La felicidad, concepto con profundos significados, incluye alegría, pero también otras muchas emociones, algunas de las cuales no son necesariamente positivas (compromiso, lucha, reto, incluso dolor).

Entonces, tenemos que la felicidad es un concepto absolutamente indeterminado. Lo que es felicidad para unos no lo es necesariamente para otros. Es imposible medir un concepto único de lo que es o no un acto que genere felicidad.

Por ejemplo, a mi me haría feliz que el bueno para nada de Nicolás le entregara el mando a alguien que si pudiera gobernar, o que Diosdado fuese debidamente sancionado por las 18 denuncias por corrupción que hicieron los representantes de la gobernación del estado Mirada. También me causaría una gran felicidad saber que el gobierno nacional deja de regalar nuestros bienes a China, Cuba, Irán, Rusia, Bielorrusia, Bolivia, Nicaragua o Guyana. Qué mayor felicidad puede generar a la mayoría de los venezolanos que se reconociera el verdadero resultado de las elecciones del 14 de abril de 2013 o que los ministros del gabinete económico soltaran los dólares para que los empresarios puedan dar movilidad al mercado y acabara esta escasez generada por los maduristas. Muy feliz sería si caen preso los grandes responsables de la maleta de 400.000 euros en Bulgaria u 800.000 dólares de Buenos Aires o si Irís Valera es destituida por incapaz. Que feliz estaría si la Fiscal General de la República o los magistrados de la Sala Constitucional empezaran a actuar como deben, con objetividad.

Son tantas las cosas que generarían felicidad a la mayoría de los ciudadanos que el recientemente creado cargo de viceministro para la Felicidad Suprema –como si la felicidad pudiera imponerse mediante una resolución- no tendría en verdad demasiado que analizar sino empezar a ejecutar. Tantos boliburgueses chavistas que hacen negocios con Cadivi a quien sancionar, tantos funcionarios públicos incompetentes a quien destituir… en fin, tantas cosas que podrían generar alguna felicidad a nuestro pueblo.

Maduro crea este viceministerio para la Felicidad, siguiendo el guion de sus colegas totalitarios como Idi Amín Dadá, ex dictador de Uganda que decía que él era la felicidad de su pueblo mientras en su gobierno murieron 500.000 personas por represión política o como Robert Mugabe, el gobernante eterno de Zimbabwe, que pisotea a su propio pueblo mientras les dice que son felices.

Dicen que para ser feliz solo basta querer serlo. Pero ¿quién puede ser feliz si se tiene que caer a golpes para comprar una lata de leche o un paquete de harina pan? Nadie puede sentirse feliz si a cada rato se le va la luz en su casa y se le quema la lavadora o la nevera. Absoluta infelicidad genera que estemos controlados por el hampa que desató el tipo aquel que se murió.

No, Maduro, no somos felices. Claro que no. Eres, justamente, el epicentro de la infelicidad del venezolano. Y eso no se arregla con un viceministerio que nos haga creer lo contrario.

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