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El Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática ante un nuevo aniversario del natalicio de Rómulo Betancourt

El 13 de septiembre de 1941 es una fecha gloriosa en los anales de Venezuela, porque en ese día comenzó a actuar públicamente el Partido Acción Democrática. Porque en ese día comenzó a actuar públicamente el Partido que inició la segunda independencia nacional, y contribuyó, decisivamente, al avance, prosperidad y dignificación de la República. Y no estoy haciendo una frase retórica. No he apelado a una argucia de orador, para arrancar esos aplausos que acaban de estallar. Eso hubiera sido irresponsabilidad, y entre mis muchos defectos, tengo una cualidad: la de ser hombre responsable y sin concesiones a la demagogia. Digo lo que siento y me brota de lo profundo de la conciencia. La convicción de que este Partido ha nacido para hacer historia. Nace armado de un Programa que interpreta las necesidades del pueblo, de la nación; de un programa realista, venezolano, extraído del análisis desvelado de nuestros problemas, porque nosotros podremos ser partidarios de que se importe creolina —como acaba de decir Ricardo Montilla—, pero programas, no. Rómulo Betancourt: Discurso al regresar al país luego de derrocada la dictadura

Hoy, 22 de febrero, se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Rómulo Betancourt, fundador de Acción Democrática, líder indiscutible del proceso de construcción de la democracia política y de la lucha para alcanzar la justicia social para todos los venezolanos.

Quienes militamos en este partido nos sentimos orgullosos que un hombre de Estado, como Rómulo Betancourt, hubiese sido el principal forjador de una organización política de raigambre venezolana, que aunque adscrita a la Internacional Socialista y nutrida del pensamiento socialdemócrata, Betancourt se empeñó que su programa y su ideario estuviese en sintonía con las características propias de la sociedad venezolana. Rómulo afirmaba, como se señala en el epígrafe de este escrito, con su inconfundible manera de expresarse, que “los venezolanos podemos importar hasta Creolina, pero nunca ideologías”.

Rómulo Betancourt dejó un legado difícil de superar e imposible de olvidar por el pueblo venezolano, pues un intelectual de pensamiento progresista como él tuvo la visión, mucho antes que los eurocomunistas y demás socialistas democráticos del mundo, de romper con el estalinismo y las tesis comunistas conculcadoras de la libertad y perpetradores de crímenes contra los derechos humanos, antes de su estrepitosa caída en la URSS y demás países que mantuvieron durante años ese sistema obsoleto y anti histórico.

Hoy día son cada vez menos los regímenes que mantienen gobiernos autoritarios y de planificación central, por el rotundo fracaso que experimentaron donde se han querido implementar. Solamente en países tan atrasados como Cuba, Bielorusia y Corea del Norte se mantienen, a través de implacables dictaduras, esos gobiernos antidemocráticos y, donde jamás debió ocurrir, en Venezuela, donde un gobierno atrasado ha pretendido, hasta ahora sin éxito, aplicar esas tesis derrotadas por los pueblos más avanzados de la tierra.

Cuando Rómulo Betancourt finalizaba su primer mandato, como Presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno y se prestaba a traspasar la banda Presidencial, por primera vez en la historia, a un Presidente electo en elecciones libres, como fue Don Rómulo Gallegos, se expresó de esta manera sobre la actitud anti-personalista de su gobierno:

“Estas elecciones, en las cuales debemos abrevar legítimo motivo de orgullo todos los venezolanos, significó también el cumplimiento del compromiso de anti-personalismo contraído por la Nación por la Junta Revolucionaria de Gobierno. La sofística literatura de encargo de los teóricos de las autocracias acuñó el dogma de que en el trópico turbulento el Poder se expresaba fatalmente con nombre y apellidos propios, y siempre en función de un hombre, signado de atributos providenciales. La historia republicana de Venezuela parecía confirmar esa aberración sociológica, con el discurrir trágico en su contenido y monótono en su uniforme envoltura formal de nuestras periódicas insurgencias de montoneras, bautizadas una y otra vez con el sugerente rótulo de ‘revoluciones’. Todas habían desembocado en un nuevo caudillismo, usufructuado por un hombre armado, en provecho suyo y de su clan político. Pero advino Octubre y fue posible ensayar en nuestra Venezuela uno como trasplante del Consejo federal suizo, integrado el Ejecutivo colegiado por siete ciudadanos , inmune cada uno de ellos a la inelegante tentación de creerse insubstituible como rector de la cosa pública;  y al término del mandato de ese gobierno plural Provisorio, constituido cuando aún caían sobre Miraflores ráfagas de proyectiles disparados por los postreros defensores de un régimen,  no es ninguno de sus miembros el Presidente electo de la República, sino un admirable ciudadano ejemplar, en quien las mayorías nacionales depositaron la plenitud de su confianza: Rómulo Gallegos”.

Cuando Rómulo Betancourt resultó electo, en 1959, como Presidente de la República, hizo una gestión de gobierno inolvidable por sus logros en materia de educación popular, vivienda rural, reforma agraria, rescate de nuestra principal industria; establecimiento, en el plano internacional, de la “Doctrina Betancourt” imponiendo un cordón profiláctico contra las dictaduras de derecha e izquierda, que en la época, asolaban a la América Latina. Gobernó en una situación harto difícil, pues conspiraban, contra la democracia recién recobrada, los extremistas de derecha e izquierda, todos los cuales fueron derrotados, bajo la conducción de ese gran estadista, política y militarmente.

Betancourt, contrariamente a lo que opinan algunos de sus críticos, no fue un obstáculo para la renovación de dirigentes en la cosa pública, pues su ejemplo indica precisamente lo contrario. En efecto, cuando Rómulo sale de la Presidencia y queda electo su viejo compañero de luchas estudiantiles del año 28, Raúl Leoni, lo primero que hace es abandonar el país, para que no dijesen que se convertiría en el “poder detrás del trono”. Es cuando se marcha a la ciudad suiza de Berna, en exilio voluntario, hasta la próxima contienda electoral, cuando retorna a Venezuela a aupar la candidatura de Gonzalo Barrios y enfrentar la crisis partidista que desembocara en la división dirigida por Luis Beltrán Prieto Figueroa y Jesús Paz Galárraga.

En las elecciones siguientes, que ocurren al final del mandato de su amigo y rival político Rafael Caldera, cuando la norma Constitucional le permite – por haberse cumplido dos períodos presidenciales después del suyo – aspirar nuevamente a la presidencia de la República y cuando nada ni nadie se lo impedía internamente en su partido, rechaza tal pedimento de las bases y dirección de su organización, permitiendo así la renovación de cuadros y el surgimiento de otro líder nacional como lo fue Carlos Andrés Pérez.

Otra de las más importantes contribuciones de Betancourt, a la democratización de Venezuela, fue la despersonalización del poder, pues no otra cosa fue la que alentó y logró materializar, con el famoso consenso político conocido como el “Pacto de Punto Fijo”, pues por primera vez en este país no se hablaría más, al decir de Manuel Caballero, de los “ismos” personalistas que definían las etapas políticas desde la independencia hasta 1.958.

En efecto, ya no se hablaría más de “Paecismo”, “Guzmancismo”, “Monaguismo”, “Gomecismo”, “Perezjimenizmo”, sino de “Puntofijismo”, que a pesar de ser un cognomento empleado por los actuales gobernantes para denostar y pretender desprestigiar ese acuerdo, logra exactamente lo contrario, es decir, su reivindicación, al exaltar la despersonalización del poder y poner de bulto un logro excepcional, como fue la transformación de Venezuela, de una era de caudillos y líderes providenciales, en una sociedad moderna, integradora y no excluyente.

En definitiva, el pensamiento y la acción de Rómulo Betancourt, en función de la institucionalidad democrática; de la integración del individuo en el cuerpo social a través de la educación y el trabajo, que permitió que los hijos de los campesinos y los obreros escalaran los peldaños sociales que convirtieron a Venezuela en el país con la clase media más importante de América Latina; de la construcción de un partido policlasista, el más importante y de mayor influencia en la vida de la sociedad venezolana, como Acción Democrática; de la influencia decisiva, con su “Doctrina Betancourt”, que contribuyó a defenestrar los regímenes dictatoriales, de derecha e izquierda, en todo el Continente, dieron una inestimable contribución a la modernización de Venezuela.

Ahora bien, estamos convencidos, sin embargo,  que el más importante aporte de Betancourt a su país, fue ese legado de cultura democrática, inoculado a todos sus compatriotas, que impedirá consolidar  algún régimen tiránico que quiera conculcar la democracia y la libertad. He allí el secreto de la vigencia eterna del pensamiento político de Rómulo Betancourt.

¡Viva por siempre el legado democrático y de justicia social de Rómulo Betancourt!

¡Viva su obra fundamental: Acción Democrática!

Por el Comité Ejecutivo Nacional de Acción Democrática

“Por una Venezuela Libre y de los Venezolanos”

“Manos a la Obra”

Isabel Carmona de Serra
Presidenta

Henry Ramos Allup
Secretario General Nacional
J. Bernabé Gutiérrez Parra
Secretario Nacional de Organización