Un partido como Acción Democrática es un peso inmenso a tener en la espalda. El problema se inicia con una simple razón: ser adeco no es algo que se “elige” como se elige una camisa o un par de lentes. Ser adeco es algo que sucede cuando comprendes que la política es el camino para transformar a la realidad social y, al mismo tiempo, asumes que la única forma coherente de transformarla es en la socialdemocracia.  Además entiendes que la lucha política no es algo que se saca de una caja de cereales, sino que deviene generacionalmente en un proceso dinámico y acumulativo de pensamiento social que comprende el valor de los valores y acepta la importancia de los principios como rectores de la conducta y del trabajo de grupo.

 En ese sentido, admites que han existido hombres y mujeres que labraron un camino que merece ser continuado, y ese camino de la socialdemocracia en Venezuela lo ha labrado Acción Democrática. Así que no se elige a la socialdemocracia y a AD por el utilitario ejercicio de escoger una ideología política y un partido, sino nuevamente por el ejercicio personalísimo de entender que “el chamo del semáforo de la esquina” tiene el mismo derecho que “la hija de papá y mamá” de aspirar a buenos servicios, buena educación y disfrutar de los avances de la civilización. Y ves la lucha del siglo XX por esos valores y te atrapa. En dos palabras: igualdad de oportunidades.  Ser adeco es ver las diferencias sociales injustas e indignarse. Es ver el abuso de poder de un funcionario público y asquearse. Es escuchar a los que desprecian a nuestro país y sentirse insultados. Es sentir que tenemos todo para tener todos de todo y sentirnos impotentes ante tanta ineficiencia. Es creer en la igualdad, justicia y libertad –como reza nuestro himno-. Es querer que las cosas cambien y sentir que podemos lograrlo.  Es querer a la gente sea rica, sea pobre, sea blanca, negra o verde; es escuchar al filósofo de la plaza o al artesano de la playa con el interés del que quiere conocer a su pueblo.  Es respetar a la gente por como es, no por quién es o lo que tiene.  Es aspirar al cambio, comprender que el Partido es un instrumento para ello y aspirar a ser parte de una historia larga y dura, con errores y con aciertos, pero una historia de lucha –física e intelectual- por la que vale la pena seguir luchando.

 Mucha gente critica ese slogan de “Adeco es adeco hasta la muerte” porque creen que se trata de una filiación de “membresía”, como un club, y no comprenden que se trata de una conciliación íntima de la personalidad individual y la inscripción social en un esquema de valores y razones por las que se ejerce la política como servicio.  Y esta es la misma interpretación que doy a la otra frase “Adeco es adeco desde el vientre materno” porque son los valores familiares los primeros que hacen a un adeco tal, no porque se crea en una “línea sucesoral”, sino porque el verdadero acciondemocratista forja a su familia para el venezolanismo, la democracia, la justicia social, el trabajo, el antiimperialismo y la insatisfacción perenne que trae consigo el asumir que somos un país perfectible y que el camino es largo y empinado.  Y puede que no se haya tenido carnet, como dice otro compañero “los papás de Rómulo no eran adecos”. Así que va más allá de eso. Venezuela es adeca, aunque AD no sea gobierno. Y como dijo Andrés Eloy desde el exilio cuando ilegalizaron a AD “no pueden destruir a Acción Democrática por decreto, porque Acción Democrática no nació por decreto”

Hoy día encontramos un escenario difícil, por la improvisación y varias generaciones que fueron indolentes con “el otro” –y lo siguen siendo-;  encontramos un Estado que fue desviándose del rumbo inicial y cayó en la trampa del rentismo, hoy exacerbado.  Con ello se pervirtió la función de la política social para transformarse en política clientelar.  Y, desde hace años, muchos que se decían adecos dejaron de serlo, y otros que nunca lo fueron adquirieron la membresía y pervirtieron la lucha.  Luego muchos de aquéllos cambiaron el carnet blanco por uno rojo, y siguieron cavando. Otros tantos sintiéndose invisibles guardaron el sentimiento adeco en el baúl de los recuerdos.  Por ahí también hay confundidos, creyendo cuentos de caminos…

En fin, aquí estamos los que estamos, pero sí estoy segura de que no estamos todos los que somos. Y es necesario que ese sentimiento adeco se haga eco, y enarbole más alto las banderas del Partido, esas banderas que comportan un real proyecto país con poderes públicos independientes, con funcionarios públicos entregados al servicio, una política económica de desarrollo sostenible y sustentable, una descentralización coherente, un empoderamiento popular real, una conciencia de trabajo genuina y una movilidad social consistente con la igualdad de oportunidades en igualdad de condiciones; y tenemos que hacerlo ferozmente, diseminados –pero en y como equipo- por el territorio nacional desde Macareo hasta Ureña, desde Mamo hasta San Simón de Cocuy;  sin vacilar, porque ser adeco es más difícil que no serlo, pero no puede evitarse.

 Y algo debe estar claro, hacen falta muchos adecos de verdad para transformar este país en el país que merecemos, ése por el que lucharon con sangre, sudor y lágrimas los fundadores de nuestro Partido. El testigo está esperando.

¡Qué difícil ser adeco! Pero es imposible dejar de serlo.

Nancy Arellano