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El 21 de mayo de 1955, dejaba esta tierra, desde su exilio en México, el poeta del pueblo venezolano, el cuentista de fina estirpe, el humorista de aguda crítica, el caballero de la política y las relaciones internacionales: Andrés Eloy Blanco. Dejaba este cumanés nuestro plano temporal para unirse a sus angelitos negros, que también se iban al cielo… para tomar las uvas del tiempo junto aquéllos presentes, ausentes y los del más allá.

La poesía social y la agudeza crítica de su pluma hacen que este gigante de las letras venezolanas un excepcional hombre desde muy joven. Ingresa en el Círculo de Bellas de Caracas,  en 1913 y, poco después es premiado en España por el poema “Canto a España”, lo que le permite visitar las tierras españolas en un tiempo de fuertes tensiones en Europa, que culminarían con la Guerra Civil, para España y, el ascenso de Hitler y Mussolini, en Alemania e Italia, respectivamente.

En Venezuela, el presidente López Contreras lo designa Jefe del Gabinete, en el Ministerio de Obras, cargo al cual renuncia tras la represión brutal por parte del régimen de turno contra los estudiantes, el 14 de febrero del 36. Una demostración más de su estatura ciudadana y de su compromiso con la patria, al servicio del ciudadano y sus exigencias.

Su fervor político y su sensibilidad por los desposeídos lo llevan desde muy joven a participar en esta actividad proscrita por la dictadura gomecista. Su pertenencia a ORVE, luego al PDN y por último, junto a Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt, a  Acción Democrática. La actividad política y su postura contestaria ante el régimen lo conducen a prisión. La clandestinidad de su actuar condujo su pluma hacia el periodismo, para lograr que muchos, a través de la prensa escrita, pudieran conocer las posturas disidente a los esquemas modelados desde el gobierno. Desde esa palestra, conduce “El Imparcial”, para presentar esa otra visión del mundo desde una óptica desconocida por los venezolanos del siglo XX.

El rigor de las dictaduras. Primero, Juan Vicente Gómez, y después Marcos Pérez Jiménez, mostraron a Venezuela, tanto como a Andrés Eloy, el lado más rudo y duro de la acción de los gobiernos: la tiranía.

Un sueño ciudadano hecho posible fue “la civilidad” que vivimos en Venezuela durante el respiro democrático de 1947-48. Este brevísimo período trajo el voto de la mujer por primera vez, haciendo de nuestro país una de las primeras democracias en lograrlo en América Latina. Además, se logró el voto universal, directo y secreto, que hicieron de la presidencia de Andrés Eloy en la Constituyente, junto a la primera presidencia de la república de un civil electo, que descansó sobre los hombros de otro gigante de nuestras  letras, Rómulo Gallegos. Sin lugar a dudas, una de las páginas más gloriosas de nuestra historia moderna, que sumamos a las de nuestra independencia. Ciertamente, vale la pena recordarlo en los momentos actuales de supuestas “alianzas” cívico-militares y discursos de “conmilitones” milicianos.

Su pensamiento sigue vigente. En “los hijos infinitos” vemos a nuestros jóvenes y sus luchas, a nuestras preocupaciones en sus combates diarios, sabiéndolos asediados por los “Herodes” de estos tiempos, suerte de gobernantes que desean destruir, con la desaparición de nuestro futuro, toda posibilidad patria. En los “angelitos negros” sentimos como nuestra pobreza está unida al color de la piel, en cada inmigrante, trigueño, mulato o negro, en cualquier pobre que no tiene más posibilidad que una habitación de pensión o un rancho de “tablas y zinc” en cualquier barriada de Caracas o de cualquier ciudad del país. Esperamos, a casi sesenta años de la partida del poeta, poder gritar un “Feliz año 2015” en unas nuevas “uvas del tiempo” para Venezuela. Que podamos gritar: “Madre, hoy se nos muere un año…” pero sin la acidez de las doce uvas por la tristeza de la ineficaz acción pública sobre una patria-madre que todavía espera…