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La monarquía de la antigua Roma termina con lo que mal llaman el “rapto” o más propiamente la violación de Lucrecia. Así lo afirman historiadores de la época, como se lee en la narración de Tito Livio. Es justamente Lucrecia quien, según el relato, permite que pernocte en su casa Sexto Tarquinio, hijo del gobernante de Roma, Lucio Tarquinio, El Soberbio (534-510 a.C.), último rey romano. Es así que, Sexto Taquinio deseoso de la bella mujer, aprovecha la noche para entrar en su lecho y abusar de ella.  Justamente, esa ha sido la historia de nuestra Venezuela, una suerte de “Lucrecia” moderna, asediada por los deseos de un grupo de facinerosos que llevan 15 años en el poder, violando el erario público, asiéndose cotidianamente de la riqueza patria.

También, vemos a “Lucrecia” en los miles de mujeres y hombres que son atacados por la violencia urbana, en un gobierno incapaz de lograr la paz social permitiendo el respeto a la vida de nuestros conciudadanos. Cada semana entran a la morgue de Bello Monte en Caracas, decenas de cadáveres, resultado de una violencia inusitada en Venezuela. Una violencia fruto del discurso político gubernamental de pobres-contra-ricos, ya iniciado por el finado Comandante Supremo y, continuado por los capitostes actuales en el ejercicio del régimen. Asimismo, la violencia es consecuencia de la política económica del régimen que produce una crisis económica y una profunda crisis social que incapacita a cada quien a descubrir en el otro a un ser humano respetable, con derecho a lo más preciado y único que tenemos en común: la vida.

De igual manera, desde el 12 de febrero de este año, decenas de miles de jóvenes a lo largo y ancho del país han venido manifestando y protestando en contra de un régimen que no sólo despilfarra los recursos públicos, sino que dilapida el futuro nacional que, sin ninguna duda, lo constituyen esos jóvenes que se han percatado que el Gobierno nacional –tal como lo hiciera antaño Sexto Tarquinio- entró de noche en los aposentos patrios para destruir la virtud patria. Decenas de esos jóvenes han ofrendado sus vidas, cual Lucrecia, en las escalinatas del templo, en el ara santa de la Patria.

Desde esta óptica, nuestros jóvenes perciben que no hay futuro ante un régimen que está incapacitado de oír al otro, al distinto, al adversario. Que el régimen, junto a sus adláteres ha venido instaurando una comparsa de despilfarro de lo que podemos ser como nación. Nuestros jóvenes no están dispuestos a caminar al lado de quienes se aprovechan del gobierno para incrementar su riqueza personal.

La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) ha descubierto también, que no puede haber diálogo sin escuchar con interés y respeto al ciudadano. La MUD ha reconocido que el régimen es sordo y ciego ante la mitad o más de la mitad de los venezolanos que lo adversan o que son indiferentes ante sus propuestas. Miles de venezolanos que, si no trabajan, no comen.

En esta compleja Venezuela, la del siglo XXI, nos encontramos frente a una nueva y esperanzadora oportunidad. Cual Lucrecia moderna, nuestra patria inmolada en sus hijos, exige poner fin a una de las épocas más oscuras de nuestra historia: el régimen castro-chavista-madurista. Un retroceso a las luchas decimonónicas de guerras y guerrillas… Hemos descubierto que nadie usará de la “deshonra de Lucrecia” para ufanarse de haber tomado su virtud patria en prenda. Así fue en Roma, antaño. Con la violación de Lucrecia, desapareció la monarquía y se instauró la república.

Nuestro glorioso pueblo tiene la palabra…

 

El autor es Economista, Master en Planificación del Desarrollo Económico y Doctor en Ciencias Económicas y Administrativas.

@rafaelmartinezn

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