Cuando el día de navidad estaba escribiendo el recordatorio del CEN de AD, con motivo de cumplirse en esa fecha el tercer aniversario de la desaparición física de Carlos Andrés Pérez, líder fundamental del partido del pueblo, me llegó la infausta noticia de la muerte de Francisco Mendoza “Mendozita”, otro líder, menos conocido que CAP, pero igual de querido por la militancia de AD en Carabobo y muy especialmente en los barrios del sur de Valencia a los que consagró toda su vida.

                A partir del instante que supe la desagradable noticia de la muerte de este hombre humilde pero de corazón inmenso, comencé a reflexionar un poco sobre la trascendencia de los hombres en su paso transitorio por la vida. Y pensaba la importancia que tiene para la vida de los pueblos la misión de los hombres que luchan por su bienestar. Admiré, admiro y siempre tendré presente las vicisitudes que tuvo que experimentar Carlos Andrés Pérez en su tránsito por esta tierra, pero nunca fui del “perecismo” como tampoco del “lusinchismo”, por mencionar dos de una serie interminable de “ismos” que hicieron y hacen tanto daño a Venezuela. En efecto, me causa tanto repudio oír a alguien decir que es “betancourista” como escuchar a otros autodenominarse “marxista”, “leninista” o “chavista”, por considerar que seguir a hombres no es sólo algo poco varonil, sino lo que es más grave, de una distorsión ideológica perversa, demodé  y atrasada.

Ciertamente, el mismísimo Carlos Marx sentenció en una oportunidad una frase en francés que se hizo famosa: «tout ce que je sais, c’est que je ne suis pas marxiste» (lo único que sé es que yo no soy marxista). Lo irónico del asunto es que el pobre de Karl Marx no logró extinguir esa perversidad del personalismo y en su nombre no sólo surgió el “marxismo”, sino otras aberraciones mayores como el “leninismo”, el “stalinismo”, el “Maoismo”, el “fidelismo” y ¡Oh horror! en pleno siglo XXI el “chavismo” y, en contraposición al “chavismo” algunos llegan al paroxismo de la ridiculez al llamarse “caprilistas”.

                Manuel Caballero llegó a decir algo que es lo que me identifica con el pensamiento de Rómulo Betancourt: “la mayor hazaña de Betancourt y de los dirigentes de su época es que cambiaron el “yo” por el “nosotros”. Es que Rómulo, Jóvito, Leoni y tantos otros verdaderos revolucionarios, que formaron parte de la “generación del 28”, quisieron erradicar, a comienzos del siglo XX aquella odiosa y reiterada mala costumbre tiránica de conformar grupos de poder alrededor de hombres y no de ideas. Betancourt y su generación acabaron con el “guzmancismo”, el “castrismo” el gomecismo” y en AD seguimos luchando contra el “perezjimenismo” y, ahora, contra el “chavismo” y hasta contra el “caprilismo” o cualquier “ismo” que nos huela a caudillismo.

                A estas alturas de la narración ustedes se preguntarán a cuento de qué viene este tema a propósito de la muerte de Francisco Mendoza. Pues bien, tiene mucho que ver, porque con Francisco, quien no era ningún teórico de las ideas revolucionarias, mantenía largas conversaciones sobre las cosas que a él más le importaban: las reivindicaciones de la gente de sus barios del sur de Valencia. Es que Francisco Mendoza nunca leyó a Marx, ni supo de la existencia de Eduard Bernstein, ni de Olof Palme y quizás alguna vez oyó hablar de Willy Brandt, pero Francisco Mendoza era un socialdemócrata integral, un adeco de pura cepa para quien serlo se reducía a una cosa muy sencilla y simple, cuando me decía: “Compañero, yo soy adeco porque quiero que la gente de los barrios del sur de Valencia vivan como los valencianos del norte de la ciudad y que se acabe para siempre esa odiosa frontera de la Avenida Cedeño que parte la ciudad entre ricos y pobres”.

                De allí surgió la conclusión de esta reflexión que quise compartir con mis lectores: si alguna vez en la vida llego a seguir el pensamiento de un hombre no me identificaré sino con el pensamiento de este humilde carabobeño, líder fundamental de los barrios de Valencia. Así que nunca seré “marxista”, “betancourista”, “chavista” o “caprilista”, si me obligan a definirme con algún “ismo”, entonces perteneceré al “mendocismo”… ¡y punto!

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