No recuerdo cuál de los santones de la Revolución Rusa de 1917 dijo que “lo difícil no es echar a andar la revolución sino detenerla”. La bolivariana, que de revolución tiene apenas el nombre sin nada de lo bueno y todo lo malo de las revoluciones, fue concebida y encausada con las características personales de un ser humano que ha dejado de existir y por eso no puede acelerarla, enrumbarla o detenerla, según sus humores. Cierto que el Chávez contradictorio de los primeros tiempos tomó de Ceresole la ideología de la que carecía para fundar su revolución en la tríada “Caudillo, Ejército, Pueblo”, en ese mismo orden que le venía al pelo, y después tuvo la modestia de bautizarla no con su propio nombre sino como “bolivariana”, a sabiendas del culto que la palabra inspira.

Pero en verdad su revolución era y es únicamente “chavista”. Desde el mismo arranque se estableció la quincalla verbal que justificaba el retroceso: “el ejército es el pueblo armado”, “los herederos de las glorias de los libertadores”, “los custodios de la Patria”, los “garantes de la democracia, la Constitución y las leyes” y demás edulcorantes para ayudar a tragar el purgante. Por mucho que los albaceas testamentarios y herederos de Chávez pretendan vivir de las rentas y no de su propio trabajo -destino desgraciado de casi todos los herederos y por eso las fortunas sólo perduran en la generación de quienes las construyen-, nadie sabe con certeza hacia dónde derivará la revolución “chavista”, sea cual fuere el resultado de las elecciones presidenciales del 14 de abril.

Nuestra pobre Venezuela, que como toda Latinoamérica, que ha tenido en su dolorosa y maltrecha historia una larga cadena de gobiernos militares con escasos paréntesis civiles, ha desandado los pasos de la República Civil para ser otra vez una República castrense. El próximo Presidente civil se las verá obscuras para que de verdad-verdad los hombres de armas se le cuadren y lo consideren su Comandante en Jefe. Chávez no tuvo mayores problemas para que los generales de la IV se le cuadraran al teniente coronel de la V porque al fin y al cabo era del gremio, pero con los civiles es otro cantar.

Así las cosas, el presidente civil se verá obligado a hacer concesiones inenarrables y tolerar lo imposible, porque no contará más que con las palabras y la ley para coexistir con quienes tienen la exclusividad de las armas de la República. Recordemos que aunque ese preciosísimo texto que es la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela tiene unos civilísimos artículos que definen explícitamente las funciones de los militares y dicen que las fuerzas armadas son apolíticas, obedientes, no deliberantes, que estarán al servicio de la República y no al de parcialidad política alguna, pero eso hoy no lo cree nadie en Venezuela. Los militares están fundamentalmente al servicio del partido militar y discuten y discrepan abiertamente de los partidos civiles.

El otro factor de predominancia será la economía. Un sistema político cualquiera puede darse el lujo de divagar cuando la economía marcha razonablemente bien. Pero cuando la economía da caza a la política y el estómago de la gente de a pie sufre los rigores de la debacle, no hay sistema que aguante. En la hipótesis de que el chavismo sin Chávez siga en el gobierno, tendrá que ver como sortea la tragedia económica de este país sin el encantador de serpientes que nos trajo a este barranco, y si es la oposición la que gana tendrá desde el comienzo que gobernar en medio de una catástrofe que como venganza suprema nos arrojan desde el más allá.

Porque una cosa es indiscutible: es imposible seguir financiando la Venezuela que Chávez comenzó hace catorce años, teniendo ahora los mismos ingresos y sin posibilidad alguna de aumentarlos a no ser adoptando medidas que exprimirán más a la población como lo estamos viendo, con un aparato productivo maltrecho e incapaz de generar empleos, importando el 80% de lo que consumimos, con los servicios públicos colapsados, con inflación y devaluación incontenibles, con los créditos cerrados y con una camada de aprovechados públicos y privados que se ha enriquecido exorbitantemente al amparo del poder, donde pulula un tipo de empresarios que son tales porque se adosan a la república de turno. Al próximo presidente, que debe firmar los cheques y pagar las cuentas morosas, nadie le preguntará quien es el responsable de la deuda. Tendrá que pagar y punto. Por estas y otras razones muchos piensan que el próximo es apenas un régimen de transición.

Henry Ramos Allup

Secretario General Nacional de AD

Artículo publicado en el Diario El Nuevo País 24-3-13