El lunes 11 pasado fue un día triste para quien esto escribe. Mi querida compañera de tantas luchas, Olisca Calvo, me llamó para anunciarme, en la mañana, la muerte de José Felix Castro, un humilde obrero habitante del Barrio Cabriales en Valencia, fundador de AD, quien era tan adeco que les pidió a sus hijos, compañeros todos, que cuando muriera le pusieran la franela del partido y la bandera en su féretro. Ellos lo complacieron y nosotros entonamos las notas del himno del partido del pueblo como homenaje póstumo. Venía de ese compromiso partidista y entrañable, donde pronuncié algunas palabras en medio de la emoción, cuando recibí, telefónicamente, de Ramón Alberto Rodríguez Mérida otra infausta noticia: la muerte de Simón Alberto Consalvi, otro compañero de partido que llegó a ocupar los más altos cargos de la República, pero con la misma humildad que podía exhibir José Félix Castro.

De Simón Alberto Consalvi ya  se han dicho muchas cosas que lo exaltan y le reconocen sus grandes méritos y cualidades de ser humano excepcional. Aunque está pendiente, al decir de Ramón Hernández, de un biógrafo que escriba su vida llena de vivencias de todo tipo. Por nuestra parte, sólo nos queda un inmenso vacío de una amistad rayana con la hermandad y un agradecimiento, sin límites, por la bondad inmensa que me dispensó cuando me pidió que escribiera para la Biblioteca Biográfica Venezolana la biografía de Miguel Peña, luego cuando me concedió el privilegio de presentar, en Valencia, su trabajo excelso sobre nuestro paisano José Rafael Pocaterra, después, al prologar mi libro Socialdemócratas vs Comunistas, y last but not least cuando aconsejaba, casi a diario, a mi hijo Antonio en los duros avatares de la lucha política.

Cuando Simón se vino de Mérida, a estudiar periodismo en la Universidad Central de Venezuela, lo hizo en medio de inmensas dificultades económicas que se acrecentaron cuando su fibra democrática lo llevó a luchar contra la dictadura oprobiosa de Pérez Jiménez y éste lo envío a la cárcel de Ciudad Bolívar por tres años. Cuando logra que le conmuten la pena, se va al exilio primero a Cuba y después a New York donde hace el magister en periodismo. Al caer la dictadura sigue su lucha en defensa del sistema democrático, desde la trinchera de periodista y de intelectual comprometido hasta los tuétanos, con esa, su causa irreversible e irrenunciable.

Desempeñó los más altos cargos (Embajador, Canciller, Ministro de Relaciones Interiores, encargado de la Presidencia de la República) durante gobiernos democráticos vilipendiados por la derecha decimonónica y por la izquierda atrasada y demodé, pero su nombre siempre salió indemne, porque jamás a nadie se le ocurrió nunca, ni siquiera en los momentos de más álgida confrontación, acusar a Simón de ningún hecho reprochable en su impoluta conducta de hombre probo como el que más. Solo su honestidad, a prueba de balas, es suficiente mérito para exaltarlo en esta sociedad donde pulula tanto pilluelo de cuello duro y otros de  “credenciales” revolucionarias.

En la presentación de mi libro en Caracas, dije que ese trabajo que presentaba a los venezolanos se iba a recordar no por lo que yo hubiese escrito, sino por el Prólogo de Simón Alberto Consalvi. Eso le causó mucha gracia y me lo reconvino, pero le dije que no estaba haciendo un chiste, sino era la constatación de una verdad irrebatible. Simón, en dos cuartillas, hizo una síntesis tan acuciosa e inteligente, que quien la lea ya tiene una idea exacta de lo que quise decir en las más de 300 páginas siguientes. Así era ese portento de cultura, de conocimientos históricos, aunado a una calidad humana de una sencillez incomparable.

En ese prólogo dijo, entre otras verdades, lo siguiente: “(…) esta historia comienza en la Venezuela de Juan Vicente Gómez. Eran los tiempos del matrimonio morganático entre la dictadura y el petróleo que le permitía al general andino reinar a discreción. (…) Las dictaduras están construidas de grandes paradojas, pues dentro de su propio seno y por sus propias condiciones generan las fuerzas opuestas. Una de las paradojas que entonces tuvo lugar fue la rebelión de los estudiantes de 1928, episodio con el cual Ecarri Bolívar echa andar su historia”.

Ese compromiso de Consalvi con la democracia y contra las dictaduras lo reafirmó hasta el día de su muerte cuando escribió, en la mañana del lunes, el Editorial de El Nacional y lo finalizó diciendo: “Pensar que el oficialismo modere el uso y abuso de los recursos públicos o el avasallamiento que despliega a través de los medios del Estado, pagados por los ciudadanos, sería demasiado ingenuo. Pero al menos deberían contener su lenguaje de perdonavidas, de dueños del Estado y de la nación”.

Simón Alberto Consalvi vivió, hasta el último día de su existencia y el Editorial que redactó el día de su muerte lo confirma, fiel a sus principios. De él también se puede decir, parodiando a Manuel Alfredo Rodríguez cuando hablaba de Andrés Eloy Blanco, que “se nos ha muerto una belleza de varón”. Honor y gloria a un luchador eterno y abnegado por la democracia, a un verdadero caballero de la libertad. 

Antonio Ecarri Bolívar

Vice-Presidente de AD