En estas semanas hemos venido viviendo con intensidad un clima de sobresaltos. Hemos observado con detenimiento las posturas de los actores políticos, económicos y sociales.

La crisis nacional va llenando los espacios así como cada rincón de los corazones y las mentes de un pueblo que, por ahora, observa. Observa y espera. Desde la soberbia encumbrada de unos burócratas del régimen que pretenden construir desde sus oficinas con aire acondicionado y ropajes de marca una nueva sociedad, un hombre nuevo. Mientras pretenden acostumbrar al venezolano a las dádivas del Estado, para mantenerse en el poder, saqueando las arcas públicas con soltura.

El presidente Maduro, en cadena de radio y televisión, ante la Asamblea Nacional, se regodeó con horas de palabras vacías y sin contenido, las cámaras mostraban al corifeo de “adláteres” sentándose y parándose, aplaudiendo a cuanta frase estudiada del discurso era expresada por el Presidente.

El país no es ese escenario de burócratas. El país es una realidad mucho más compleja. Enroques y retornos de fracasados ministros y expresidentes de BCV hablan no solo de la incapacidad de gobernar, sino de la contumacia en pretender mantenerse en el fracaso con unas políticas económicas y sociales que han demostrado la profunda vocación estatista del régimen en detrimento del pueblo y la nación. Mismas políticas que son la “piedra angular” de su andamiaje ideológico y político pero que, al mismo tiempo, constituye el “quid” de la crisis: corrupción, clientelismo trayendo como consecuencia la  destrucción del empleo productivo y el aparato industrial. El presidente Maduro, prisionero del poder, copartícipe de los fracasos y desaciertos del modelo castrochavista, ha entendido bien el juego: las nuevas boliburguesías del poder económico se sustentan con los ingentes recursos del Estado y sus negocios, con las importantes contrataciones en moneda extranjera a través de la alianza entre naciones y capitales foráneos. Ellos son “la burguesía parasitaria” a la que tanto refiere. El monstruo destructor de nuestra sociedad lo llevan dentro. Vivimos el “Armagedón”  de la sociedad venezolana, por ello el reto para todos es claro: libertad y diálogo.

La Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) por instancia de su presidente, Mons. Diego Padrón, lanzó a la palestra pública una declaración muy dura y a la vez preocupante: “… prefiero una libertad riesgosa a un diálogo sumiso… (El Universal, 12.01.2014)”. No es cualquier actor social quien expresa esta preocupante frase. Tocó a Mons. Padrón junto a Mons. Moronta, siendo obispos auxiliares de Caracas, concurrir a Fuerte Tiuna -con riesgo de sus vidas y personas- para solicitar la inmediata liberación del presidente Hugo Chávez quien había sido retenido en contra de su voluntad por militares alzados en la aciaga hora de abril de 2002.

Mucho celebra el gobierno a Mandela, pero estamos muy lejos de ser Sudáfrica y más lejos del ideario de ese gigante de la paz y las luchas civiles –para nuestra pesadumbre. He querido compartir con mis lectores estas líneas comprendiendo que, las grandes crisis producen grandes mujeres y hombres que son capaces de redescubrir en el otro a un hermano, a un compañero de lucha y de camino. “…Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas (Martin Luther King, Jr. 28.08.1963)”. Toca a las mujeres y hombres de buena voluntad retomar ese difícil, pero hermoso camino a la tierra prometida, a “…la tierra de gracia…” que es Venezuela. No está tan lejos de nosotros pues la podemos hallar a la vuelta… extiende tu mano y tómala para ti, para tu familia, tus hijos, sobrinos, nietos… ¡es hora de construirla!

El autor es economista, master en Planificación del Desarrollo Económico y doctor en Ciencias Económicas y Administrativas.

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