Mientras el gobierno se jacta de sus supuestos logros educativos, la juventud venezolana es condenada al fracaso y la frustración.  Este gobierno descaradamente se pavonea con logros que no le pertenecen, recordemos que fue durante el periodo de 40 años de democracia que se logró alfabetizar a más de la mitad del pueblo venezolano, que vivía, en su mayoría, en condiciones de extrema pobreza y ruralidad, analfabetismo, paludismo y hambre, hasta 1958.

Para 1998 no sólo se había alfabetizado a la gran mayoría del pueblo venezolano, sino que además se había logrado construir una pujante clase media -inexistente antes de la democracia- a punta de políticas públicas educativas serias, como las Escuelas Normalistas, ACUDE, la construcción de más de 17.000 escuelas de educación primaria y secundaria en todo el país, más de 50 centros de educación superior a nivel nacional, entre las que se pueden contar la USB, la UDO,  la UNERG, UNEXPO, entre otras, y la creación del plan de becas Gran Mariscal de Ayacucho, etc. Fue así como se hizo posible que en cada familia de clase media venezolana moderna la historia no sea demasiado distinta: “Mi mamá y mi papá vienen de abajo, nacieron pobres, pero estudiaron mucho (en escuelas y universidades públicas de buena calidad) y trabajaron duro (con una gran oferta de empleo para profesionales en todo el país), e hicieron un postgrado afuera (becado por el Estado) y ahora me pueden dar todo lo que tengo”. U otra muy común: “Mis abuelos llegaron de Europa con una mano adelante y otra detrás, no tenían nada, comenzaron trabajando de conserje y con eso criaron cinco hijos (les alcanzaba el salario de conserje para criar cinco hijos, que luego irían a escuelas y universidades públicas), después montaron un taller mecánico, o una panadería (capacidad de emprendimiento) y ahora el me compro mi “FJ” y paga mi Universidad privada”. Estas historias no son casualidad, son claros ejemplos de movilidad social, algo que se logra, en buena medida, gracias a la Educación Pública de Calidad.

Pero hoy la realidad es distinta para los jóvenes que nacen pobres y quieren salir de abajo, así como lo hicieron nuestros padres. Mientras el gobierno se jacta de los supuestos logros en educación, la juventud venezolana es condenada al fracaso y la frustración. Sólo falta revisar el estado físico de los centros públicos de educación primaria y secundaria, ¿cuántos  de ellos no tienen profesores de castellano, matemáticas, biología o química? Y ¿qué se hace al respecto? Se exonera a los alumnos de esas materias, “pasan lisos” y luego aspiran por cupos en Universidades.

¿Qué oportunidad tiene un joven de estos de ingresar a una buena Universidad y llegar a  ser un buen abogado, médico o maestro?, ¿cómo se desarrolla personal y profesionalmente?

 La respuesta es que no lo hace. Lamentablemente, está condenado a ir a una Misión o a la UBV, en la que sus falencias educativas no sean tan evidentes y se les convenza de que los culpables de sus fracasos son quienes han triunfado. Pero la frustración no se va, se queda y produce resentimiento, mucho más cuando graduado de médico comunitario, se dé cuenta de que sus conocimientos no están a la par con los de un médico de la UCV.

Todo este terrible panorama, por demás perpetuador de la pobreza y la marginalidad social y productiva, es responsabilidad del mismo gobierno que se jacta de los supuestos logros educativos, ya que deliberadamente está condenando a la pobreza a una generación entera al negarles la posibilidad de tener una buena educación, ya que para ello, deben reconocer que lo vienen haciendo mal.

Francisco Ramírez

Miembro de la Comisión Central de Actualización de Tesis Política de AD