Larga es la lista de venezolanos que hoy padecen los rigores del exilio. Con sus nombres, podríamos llenar tantas páginas como lesiones a la libertad de expresión fueron llevadas a cabo por Chávez  en sus 14 años de mala praxis política, social y económica. No están en el extranjero por voluntad propia: Su prisión es vivir lejos de la Patria; lejos del calor del hogar; de la tierra por la cual lucharon incansablemente colocando sus vidas, su estabilidad y su paz en riesgo. Hay dos tipos de cárcel: La de los oprobiosos  barrotes y la del ostracismo. Pueden moverse con cierta  libertad dentro del territorio escogido para refugiarse. A Venezuela no pueden regresar, por más que ellos así lo deseen: Es una forma terrible de prisión.

En Acción  Democrática conocemos la desgracia del exilio. Rómulo Betancourt, Carlos Andrés Pérez, Rómulo Gallegos y muchos otros, fueron expulsados de Venezuela por las dictaduras de otrora. Andrés Eloy Blanco terminó muriendo en un accidente de tránsito en México, sin poder ver una Patria en libertad. Los exiliados de la era chavista también merecen nuestra atención. Es por ello que confiaron en el diputado Edgar Zambrano para gestionar su regreso al país. Fue Hugo Chávez quien de alguna manera –tal vez viendo la muerte cerca- abrió las puertas para las negociaciones. Hoy ya no es Chávez quien se pasea por Miraflores: Es uno ilegítimo, que llegó al poder mediante todo tipo de triquiñuelas que, en su conjunto, solo pueden ser calificadas de fraude.

En tiempos de paz se dialoga, pero en tiempos de guerra también. Dialogar no representa de manera alguna la renuncia a los principios. Dialogar no implica “reconocer” que la procedencia del gobierno de turno sea legítima. Andrés Eloy tuvo intermediarios para poder venir a Venezuela a enterrar a  su madre. No por ello negoció sus principios y valores que siempre estuvieron con la democracia y muy lejos -como buen adeco- de Pérez Jiménez. Podemos masticar chicle y caminar al mismo tiempo, que tampoco significa  estar bien con Dios y con el diablo. Combatimos –y seguiremos combatiendo- hoy al igual que ayer al régimen que se ha instalado con el objetivo deliberado de empobrecer al pueblo porque, al socialismo chavista, le conviene un     pueblo bien pobre para eternizarse en el poder. Por algo los cubanos llevan más de medio siglo soportando a los hermanitos Castro, verdugos de la libertad en todo sentido.

Esto que sucede con la economía no es casualidad. La destrucción del aparato productivo, las regulaciones perniciosas de todo cuanto pueda ser propenso a controlarse,  y la estupidez de quienes dirigen el área económica se está pareciendo cada día más a lo que hizo Fidel en el mar de la felicidad. A ellos –los del gobierno- les pagan por meter la pata. Solamente basta tener un dedo y medio de frente para percatarse de que el camino emprendido en las áreas de política fiscal, monetaria y cambiaria conduce al empobrecimiento de las masas, y al enriquecimiento de las altas esferas del poder. Están logrando el objetivo. Por tratar de impedir que esto pasara, muchos compatriotas están fuera. Lo hicieron por nosotros.

En la ópera Nabucco de  Giusseppe Verdi, en el tercer acto, un coro que el libretista tituló “Va, Pensiero” (Ve, pensamiento), describe la historia de los exiliados hebreos en Babilonia. De inmediato los italianos lo convirtieron en himno, porque muchos se encontraban en la misma situación. Hoy el himno de nuestros exiliados, es muy similar al de Nabucco. Anhelan la patria bella y perdida. Posan su pensamiento con alas doradas por encima de las praderas y las cimas venezolanas, y añoran el aire de la tierra natal. Son esclavos del exilio. Ayer se sacrificaron por nosotros. Hoy nos toca devolverles –más temprano que tarde y con carácter de urgencia- una Venezuela libre y de los venezolanos.

Danny Leguízamo

Economista y miembro de la Juventud de AD Caracas