“Llevo tu luz y tu aroma en mi piel y el cuatro en el corazón, llevo en mi sangre la espuma del mar  y tu horizonte en mis ojos”… Así comienza la hermosa letra de la canción “Venezuela”, de Pablo Herrera y José Luis Armenteros, un país lleno de gente trabajadora, de mujeres y hombres que amanecen comprometidos con sus responsabilidades diarias, de niños y jóvenes que estudian para formar parte del desarrollo de nuestra nación, profesionales, amas de casa, obreros, campesinos, pescadores, de gente común y corriente; pero también de hombres y mujeres desempleados, sin viviendas, niños y jóvenes excluídos del sistema educativo, con hambre, otros delinquiendo por diferentes causas y muchos asesinados a manos de la violencia.

Vemos reflejados en los distintos diarios venezolanos los altos índices de asesinatos  de adolescentes en nuestro país, los cuales cada día van en ascenso, en un año se han registrado 800 muertes de adolescentes en Venezuela a manos del hampa, cifra alarmante, pero que es necesario reflejar, ya que es grande el dolor que vive el pueblo venezolano al ver como es masacrada la vida de muchos de nuestros jóvenes sin importar la condición social de ellos: igual matan al hijo de un padre o madre trabajadores como al de padres desempleados y sin recursos económicos.

Sólo en la entidad Mirandina se han registrado 55 asesinatos de adolescentes en lo que va de año, los cuales han sido con armas de fuego, armas blancas o puñales, aumentando la cifra roja de menores de edad víctimas del hampa en comparación al año pasado, siendo el móvil de estas muertes desde el ajuste de cuentas y venganzas, hasta robos y uno que otro caso que se presume sea pasional. Llama la atención que el 90% de los casos de muertes de menores de edad por causa de la violencia, permanecen impunes.

La Venezuela de hoy está llena de padres y madres sin hijos, hijos sin padres y madres, hermanos que se quedaron sin hermanas y viceversa, jóvenes que  perdieron su vida por las más fútiles causas; ya sea para quitarles un teléfono celular, un morral, unos zapatos de marca o por resistirse a un atraco; niños que no llegaron a la adolescencia, ancianos que no pudieron morir en paz o personas a las que asesinaron para quitarles el dinero sacado en un cajero automático. Recientemente muchas de las muertes se han producido debido a que los delincuentes siguen a las víctimas en motos o vehículos y éstas, por tratar de escapar, aumentan la velocidad, perdiendo el control del vehículo, ocasionando accidentes y la muerte.

Lo que en otros países son actividades curriculares, en Venezuela son un riesgo que sólo algunos libran.  El día a día como ir a una escuela, realizar operaciones bancarias, salir de paseo con la familia, llevar a los hijos a una playa, estar en un negocio trabajando, o simplemente parados en una cola del tráfico para llegar al destino deseado, se ha convertido en situación de riesgo para todos los venezolanos quienes de una u otra manera hemos sido asaltados, robados y muchos han sido asesinados dejando a las familias venezolanas y extranjeras que viven en nuestro País sin ese ser querido que la violencia injustamente les arrebató.

Con una cifra de homicidios de casi 160.000 muertes violentas, quienes seguimos vivos, encomendamos diariamente nuestra familia a Dios, ya que no sabemos quienes de ellos tendrán la suerte de regresar a su casa y quienes morirán en manos de la inseguridad, la cual es quien realmente gobierna las calles de nuestra querida Venezuela…y aquí no cabe escribir..”Y si un día tengo que naufragar y el timón rompe mis velas, enterrar mi cuerpo cerca del mar, en Venezuela”

Diana D’Agostino

Presidenta de Fundhainfa

Artículo publicado en el semanario Sexto Poder 8-12-12