El Beato Juan Pablo II tuvo a bien visitar Venezuela en dos oportunidades, 1985 y 1996. En sus mensajes, siempre: la verdad, la solidaridad y el perdón, formaban parte esencial de sus prédicas. Juan Pablo II, un hombre de nuestros tiempos, construido tras el dolor de la persecución y la guerra, de la polarización y el odio, del sectarismo político y la presunción totalitaria del comunismo soviético que se esparció por Europa tras el final de la II Guerra Mundial y que, junto al nazismo, constituyó una de las páginas más oscuras de la historia de nuestra humanidad del siglo XX. A su vez tuvo la dicha, sin proponérselo –en el plano temporal- pero de seguro sí desde su oración, sacrificio y prédica constante, de ver durante su largo pontificado el derrumbe de muro de Berlín –que separaba a las dos Alemania- y el desmoronamiento del bloque soviético, con la liberación de los países satélites, entre ellos, su amada Polonia.

No somos capaces a esta distancia de tiempo, de comprender el drama Europeo y el impacto de la caída de los países  que se movían bajo la órbita comunista. Regímenes totalitarios, policíacos, de persecución y abolición de la conciencia particular en beneficio de la conciencia colectiva que en resumen buscaba sostener en el poder a un régimen ineficiente, inepto e incapaz de resolver el mínimo requerimiento social. Un régimen que sustituía la religión y los valores morales de las culturas locales, por los supremos postulados del marxismo-leninismo.

Cualquier parecido con la realidad venezolana, es pura coincidencia.

Ese 1978 de la elección del Papa Wojtyla, no parecía un año de cambio. Sin embargo, la elección de un Papa no italiano desde casi 500 años, y de un “…país lejano…” quien nos llamaba a “…no tener miedo…” recordando a las palabras del Maestro Jesús a sus discípulos pues “…él había vencido al mundo…” son palabras que aún resuenan en nuestros corazones y conciencias.

En las dos oportunidades que visitó a Venezuela, nos animó a  ”hermanarnos”, ha hacernos cada vez más solidarios de los más pobres, de  los más débiles; a comprender que el compartir es el secreto de la vida social y que nadie puede amar a otro, si no es capaz de encontrar en sí mismo, la llama de ese amor primigenio que viene de descubrirnos hijos de un mismo Padre, de Dios. No esas campañas de finados gobernantes que pretenden endiosarlos y ponerlos como cohesionadores de Nación, cuando en vida fueron incapaces de construir sociedad, pueblo, hermandad y futuro.

Estamos cosechando lo que el régimen actual ha sembrado: odio, división, pobreza, hambre… Digo régimen actual pues, desde hace 14 años el mismo grupo de ciudadanos, en una cacareada alianza “cívico-militar” (me reservo los comentarios para otro artículo) ha gobernado, dispuesto y resuelto los destinos de la Patria. No los de una Patria en abstracto para un momento futuro, sino esta realidad de 2013 que proviene de las actuaciones y resoluciones tomadas desde la juramentación de 1999.

El dialogo y la propuesta sincera de encuentro constituye la base de la salida real y permanente a nuestras dificultades. La economía es el resultado de las acciones de mujeres y hombres en el ejercicio de gobierno. La economía es el resultado de las alianzas por sacar adelante una Patria solidaria, desarrollada, comprometida con su historia y con su gente.

Falta mucho, pero mucho, para que logremos en Venezuela instaurar la Civilización del Amor. Pero no tengo duda que en los jóvenes, las mujeres, los campesinos, los obreros, los políticos, los religiosos de nuestra Patria, hay una llama encendida de ese amor del verdadero Padre de todos. Imploremos al Beato Juan Pablo II para que Dios se acuerde de esta “tierra de gracia” y se derrumben los muros de la desunión y el odio entre hermanos.

El autor es Economista, Master en Planificación del Desarrollo Económico y Doctor en Ciencias Económicas y Administrativas.

Rafael Martínez Nestares

Artículo publicado originalmente en www.eluniversal.com