Hoy, al salir este artículo, es día prohibido por ley para hacer proselitismo electoral y este diario ha  sido respetuoso, inveteradamente,  del ordenamiento jurídico en general y, muy especialmente, del que rige esta materia. En tal virtud, quienes aquí escribimos, nos quedan dos caminos: aceptamos la norma o no publicamos nuestras líneas.

Aclarado el punto anterior sólo nos queda decir, en consecuencia, que no tocaremos el tema electoral, pero sí el político general, pues buena falta nos hace en momentos que hemos visto tanta estulticia y superficialidad en el debate público de cara a estas elecciones. En efecto, decidir sobre el destino del país cuando se nos ofrece ser gobernados por gente que sufre de trastornos mentales de la gravedad que implica tener conversaciones con el más allá a través de la fauna o rebajar el debate al nivel de los orgasmos que experimenta una actriz de televisión es, por decir lo menos, un insulto a la inteligencia de miles de venezolanos que no decidimos el futuro de nuestros hijos a base de consignas, desvaríos o denuestos como los anteriores.

Venezuela no se merece ser dirigida sin ideas o sin principios, ni con principios o ideas que han fracasado ruidosamente en todo el globo, pues fracasó el modelo estatista comunista cuando se derrumbó el muro de Berlín y cayó sin disparar un tiro la potencia soviética; pero, asimismo, ha demostrado su vulnerabilidad un sistema como el liberalismo económico radical, que hoy tiene sumido en una espantosa crisis al otrora poderoso mercado europeo. La socialdemocracia, “aggiornada” a los nuevos tiempos parece ser el camino; pero eso debemos debatirlo, pues dicho de manera autocrítica: el Estado de Bienestar que impulsó la socialdemocracia, el siglo pasado, tiene su cuota de responsabilidad en la crisis europea.

El debate político debe ser elevado, no sólo por razones éticas o morales, sino porque debemos tener claro hacia donde nos pretenden conducir nuestros dirigentes en función gubernativa. ¿Vamos a continuar el camino trazado por Hugo Chávez, siguiendo el modelo cubano – el que por cierto viene de retro – de ganar Maduro; o vamos a producir un cambio para caer en brazos de la política diseñada en Europa por la señora Merkel, Aznar o Berlusconi si el triunfador es Capriles? Estos son los temas de fondo que deben ser debatidos.

Capriles ha dicho en alguna oportunidad, aunque no lo hemos oído más, que él se inclina por la política del “progresismo”, desarrollada en Brasil por el eminente profesor de ese país y académico de la Universidad de Harvard Roberto Mangabeira Unger, quien sostiene la tesis de la necesaria apuesta de nuestros países a la imaginación aplicada al planeamiento estratégico, al impulso de las grandes corrientes de movilidad política, económica y social que aseguren la gobernabilidad, la democratización del mercado, la redistribución y la compatibilización de las finanzas con la producción.

Mangabeira, ex Ministro de Asuntos Estratégicos del Brasil y profesor de Barak Obama en Harvard, opina que básicamente hay tres izquierdas en el mundo: “hay una vendida, que acepta el mercado y la globalización en sus formas actuales y que quiere simplemente humanizarlas por medio de políticas sociales. Para esa izquierda, solo se trata de humanizar lo inevitable. Su programa es el programa de sus adversarios, con un descuento social y una renta moral y narcisista. Hay otra izquierda, recalcitrante, que quiere desacelerar el progreso de los mercados y la globalización, en defensa de su base histórica tradicional (los trabajadores sindicados de grandes empresas industriales). Y hay una tercera izquierda, la que me interesa, que quiere reconstruir el mercado y reorientar la globalización con un conjunto de innovaciones institucionales. Para esa izquierda, lo primero es democratizar la economía de mercado, lo segundo capacitar al pueblo y lo tercero, profundizar la democracia”.

En síntesis el profesor Mangabeira propone que la izquierda moderna, en la que me anoto, asuma el proyecto ambicioso, pero posible, de democratizar la economía de mercado y, al mismo tiempo profundizar la democracia política. Si eso vale para encarar la crisis en todo el mundo, ¿por qué no lo intentamos en Venezuela en un esfuerzo unitario? ¿Sería muy ingenuo, preguntárselo a Maduro y a Capriles al mismo tiempo?.

El mundo sigue su curso, dando vueltas sin parar y, como decíamos en el artículo anterior, Venezuela no se acaba este domingo. Apostemos, entonces, por el diálogo doctrinario, programático y principista con todos los sectores de la vida nacional, de cara a un futuro de progreso.

Antonio Ecarri Bolívar

Vice-Presidente de AD

Artículo publicado en el Diario El Carabobeño